EL VERDADERO PROBLEMA “Dizque no se quiere casar”…

EL VERDADERO PROBLEMA “Dizque no se quiere casar”…

disque no se quiere casa

Las conozco que han reducido a los hombres a cumplir las funciones de semental, es decir, que han supeditado al pobre tipo a ser el instrumento que les permita realizar su deseo de ser madres. No las admiro y nadie tiene por qué admirarlas. Mucha buena literatura, cine y carreta se ha dicho y escrito al respecto. También las conozco que se detuvieron a medio camino -no digamos hacia el progreso como personas-. Que teniendo ya una “vida profesional” renunciaron a ésta a causa del matrimonio, tuvieron hijos -dos-, y se dedicaron a “hacerle la segunda” al marido y ayudaron a convertir a éste en un “hombre de éxito”. ¿Quién las manda? Suele suceder que pasada la cuarentena -y aquí las estadísticas deben arrojar datos ferozmente cíclicos- se conviertan en candidatas tardías de las carreras de humanidades. Merecen nuestra respetuosa compasión. Mal haríamos en no saber mirar “la viga en el ojo del propio género”.

También las conozco que experimentaron con todo, en todos los niveles y en todos los colores y sabores. A quienes en la universidad nunca se vio que se plantearan el matrimonio como proyecto de vida. Aparentemente no aparecía en su horizonte visual. Son las blasfemas, a nadie deben producir compasión. Apenas pasada la treintena -desempleadas o no- les entró el afán – desesperado, hay que decirlo, vergonzoso, hay que decirlo- por no quedarse solteronas. ¡Y lo lograron! ¡Muchas lo logran! Pero no se casaron con este pobre tipo específico condenado a un destino estoico, falso, inocente, ridículo. Se casaron con la idea que a ellas, un día, se les volvió obligatoria de casarse. Fue tal vez la voz de la abuela que mató a la hippie inconsecuente; que invocó a ese “procurador” que siempre tuvieron dentro. Y las conozco que nunca se casaron ni tuvieron hijos, “adoptados” o “biológicos”. Seguramente pensaron que tener “hijo y marido” o “hijo sin marido” o “marido sin hijo”, cualquiera de estas variables, les iba a coartar ese liberal y democrático anhelo de “tener espacio”, de no “asfixiarse”, de llevar a cabo una vida decente. Han de ser éstas nuestras heroínas. Y no. Particularmente las admiro y albergo íntimas razones para estar molesto con ellas. Son faros elevados en medio de un mar turbulento; señalan hacia una ruta que ni ellas mismas saben a dónde conduce; en esos faros aparece siempre esculpida, lo saben de sobra los marineros, esta ruda, esta Vargasvilesca inscripción: “Marido, hijo, matrimonio… ¡he ahí al enemigo!” Son estas mujeres las que me producen más devoción. Pero se trata de una devoción insegura. Son las abanderadas de una idea de la libertad de la que no tienen la culpa.

Es el mundo el que les falla. Y sin embargo puede pecar uno de optimista. Puede ser que, en definitiva, en ningún mundo, el matrimonio, un hijo, pueda ir a la par de la idea que ella(s) se hace(n) de sí misma(s), con la idea que ella(s) se hace(n) de su felicidad. Y entonces el verdadero problema para nosotros (¿pero por qué no ser tan honesto como ella(s)?)… ¡el verdadero problema, para mí, es estar enamorado de ella(s) y que ella(s) no quieran casarse con nadie!

Por: Javier Zúñiga

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