Embajadores de primera: Creemos en lo que no existe

Embajadores de primera: Creemos en lo que no existe

Embajadores de primera

Por Dan Gamboa
@LaRepuvlica

Hemos crecido en un país donde siempre terminamos faltando cinco pesos pa’l pan. Que el segundo himno más bello del mundo, el segundo más feliz, el virreinato de no sé quién, virreinas universales de no sé dónde… y eso hace que destaquemos con afán cualquiera que se destaque en el ámbito mundial. Le damos protagonismo, aplauso, camión de bomberos y las siempre inútiles llaves de la ciudad.

Hablemos por ejemplo del sastre del Papa, aquel pastuso íntimo de Ratzinger y amigüis de pelis de Francisco que les elaboraba los trajes desde su taller en Nariño. Durante la canonización de la Madre Laura declaró en rueda de prensa que mientras Ratzinger estaba caminando por El Vaticano en bóxer para ir a la cocina papal y se lo encontró comiendo valluna con Pacho mientras veían Muy Buenos Días. Todos los medios cubrieron el encuentro como ya estaban acostumbrados a hacer con él.

Raúl Cuero, un científico de la NASA nacido en el Pacífico, próximo Nobel, gran inventor. Él es la esperanza del Museo Aeroespacial de Bogotá (sí, existe) para finalmente llenar la vitrina vacía luego del gran incendio de trofeos. Autor de dos biografías y reseñado en letra — muy— chiquita en periódicos gringos, ha sido Honoris Causa de la Universidad de Caldas y la Universidad de Antioquia por sus premios y reconocimientos. Otro grande es Ali Hakim Adbulaziz Al Nayib, el ministro que se bajó del carro de placas azules para andar en bus y dar conferencias sobre el conflicto de Oriente Medio. Su humildad lo llevó a que rectores ofrecieran cenas y hoteles lujosos, porque la humildad no se
improvisa cuando es de fuiciosos. Un ejemplo para la juventud de hoy.

Finalmente, recordemos al Embajador de la India que en los setenta paseó Huila y Tolima entre alcaldías y gobernaciones, cenas de comerciantes pujantes de la región que llegaron a ofrecerles hasta las hijas para que el dichoso hindú comiera típico. Lamentablemente resultó ser un profesor de un pueblito del Magdalena que había engañado a todos. No los culpo: ser extranjero en este país es sinónimo de lagartearía y si no me creen vayan a un bar, digan que son de otro país y tienen polvo asegurado.

Resultó claro, que El Vaticano se pronunció ya que nadie allá conoce al pastusito mentiroso y que las vestimentas no las hace ningún colombiano. Raúl Cuero es tan científico como el que colecciona el álbum de Chocolatinas Jet, sus “reconocimientos” son bonificacionesy sus patentes, pendientes. Ali Hakim sabe más de vallenatos y Wikipedia que de carrera diplomática; y ni hablemos de Patarroyo o Rafael Pombo que solamente sabía traducir fábulas inglesas y creemos como propias. Todos ellos, Embajadores de la India.

Existe una necesidad de creer sin saber de dónde viene la información: si “suena” interesante es suficiente para tomarla como verdadera. Afuera hay periodistas, investigadores, científicos y profesionales de cartón (y cartón de huevos vacío) sin afán de investigar o leer. Es ridículo que en un mundo globalizado, donde puedes acceder a toda la información existente en la palma de la mano, usamos esa palma para tocar el piso en veinte uñas y creerle al primer vivo que aparezca. Es que en un país de segunda, el vivo es el que vive de primera.

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