Epidemia de excusas

Epidemia de excusas

Fotografía: Alejandro Palomino - EL CLAVO

Culturalmente los colombianos somos incumplidos, llegamos tarde porque “todo el mundo llega tarde”, citamos a reuniones una hora antes porque partimos del hecho que todos van a llegar después, adelantamos el reloj 10 minutos y siempre tenemos la excusa perfecta para todo. Cuando el tránsito sacó la campaña “Epidemia de excusas” ví reflejado a todo el país que busca la forma de zafarse de sus responsabilidades justificando de alguna forma su comportamiento. 

Hace como un año asistí a una de ésas vergonzosas clases que uno recibe en el Tránsito para pagar una multa pedagógica que me pusieron “el único día que no me puse el cinturón de seguridad cuando acaba de comprar un irresistible pandebono caliente”, ésa era mi excusa, verdadera, pero era mi excusa. En ésa clase nos explicaron que las normas están para cumplirlas y que no hay nada que justifique que se transgredan. “El cinturón de seguridad debe estar abrochado antes de poner en marcha el vehículo”, me explicaron. Así que no hay nada que alegar, con pandebono y todo. 

Un día me puse a hablar con un grupo de profesores sobre las mejores excusas que inventan sus estudiantes para lograr un plazo en la entrega de los trabajos o simplemente hacer que les repitan un examen. Las historias asombrosas pasaban por temas familiares como el típico fallecimiento de la abuelita, a la que muchos la matan cada semestre, la terminada del novio (importante llegar con los ojos hinchados para ganar credibilidad) y la separación de los papás. 

En este grupo de excusas estaban las de tipo técnico, como la muy conocida: ¿hay profe, no le llegó el correo? También la de “se me desconfiguró la impresora”, “se me acabó la tinta”, “se me dañó la memoria” y la imperdonable: no tenía plata para imprimir la hoja. Me contaban que las excusas han evolucionado a las de antes, básicas y sin argumento raro como: “se me quedó el trabajo en la casa” o “se fue la energía”, en cambio hay unas que son cínicas pero que lo dejan a uno sin palabras: “yo no vine la clase pasada, entonces no sabía”, “usted no dijo eso y a mí no me llegó el correo” o la de moda por esta época: “es que estaba lloviendo”.

Y lo peor de todo es que las excusas en las universidades no son únicamente de los jóvenes, la gente de nocturno es la más resabiada y además ya tienen más cancha en el arte de mentir. Por eso tienen de donde agarrar con cuentos como “estamos en cierre en el banco”, “mi jefe me llamó”, “no tuve con quién dejar al niño” y “no me dieron permiso en el trabajo”. 

Pero además de la universidad y el tránsito hay una excusa que sirve para todo y es infalible para todo tipo de ocasión a la que no queremos asistir: matrimonios (incluso el suyo), comidas, clases, trabajo y rumbas. Esta poderosa excusa es: “Tengo diarrea”. 

Lo cierto es que al final de cuentas lo que queda después de todas las excusas es la rabia de los cumplidos, inicio de reuniones tarde y baja productividad en las empresas. Todo esto hace que seamos un país pobre, con un bajo nivel de productividad y que crece a un ritmo bastante lento comparado con los mejores. Hacemos parte de una cultura mediocre, a la que el “casi” le sabe a gloria y un segundo puesto es parecido a quedar campeón.

Comments

comments