Ética De Doble Filo

Ética De Doble Filo

Parodiando a Joseph Goebbels, aquel legendario carnicero del nazismo alemán, se podría afirmar que algunos periodistas, cuando oyen hablar de ética, sacan su pistola. Les molesta el tema, será  porque lo consideran peligroso.

Creo que en Colombia siempre ha estado sesgado el debate sobre la ética periodística. Se ha dicho que en muchos lugares, especialmente en las ciudades pequeñas, hay reporteros rasos que se pervierten porque combinan su función periodística con la de vendedores de publicidad. Eso es cierto. Se ha dicho que abundan los periodistas que en la claridad redactan noticias y en la oscuridad extienden la palma de la mano para recibir un cheque ignominioso por sus servicios mercenarios. Eso también es cierto. Se ha dicho que hay informadores a sueldo de personajes dudosos. ¡Cierto, mil veces cierto!

Nada justifica – se repite una y otra vez – que un reportero se corrompa. Los salarios miserables que pagan muchos periódicos, con todo y que son injustos, no le dan luz verde a nadie para envilecerse, ni para menospreciar la profesión, ni para pisotear los derechos de los lectores. Pobre del periodista que sólo piensa en la justicia de su estómago. Sí, claro, sus necesidades y las de su familia merecen toda la consideración del mundo, pero no valen más que el derecho de la mayoría a ser informada con veracidad, con rigor y con respeto. Quienes esgrimen los malos sueldos como argumento para aceptar dádivas de las fuentes o para poner sus necesidades particulares por encima del interés público, no merecen ejercer la profesión. ¡Así de simple! Si el periodismo les parece desventajoso, ¿por qué insisten? ¡Pónganse a comerciar limones, o barran parques, o vendan refrescos en la playa! Pueden jurar que no me refiero a estos oficios en forma despectiva: al contrario, realizarlos con dignidad es preferible a ser un periodista que, en aras de una inconformidad mal asumida, hipoteca su conciencia.

El periodista que no piensa en los beneficios del público sino en los intereses de sus fuentes, es comparable con el médico que practica abortos clandestinos, con la enfermera que se roba los instrumentos quirúrgicos del hospital, con el policía que aprovecha su investidura para delinquir, o  con el abogado litigante que se tuerce. La ética profesional, repito, no es un asunto de estómago. Es observar unas normas de conducta que garantizan el respeto de los derechos de la sociedad. Nada más y nada menos.

Todas estas impresiones han sido ampliamente comentadas. Y también se ha dicho hasta la saciedad que los malos salarios – aunque no justifican la corrupción – sí influyen en ella. Sería ingenuo pretender lo contrario.

Lo que no se ha dicho, en cambio, es que las faltas contra la ética no son un pecado exclusivo de reporteros famélicos y mal pagos. También las cometen algunos de cuello blanco o de estrato seis. Mientras esto no se diga, el debate sobre la ética será incompleto y tramposo. No propongo polarizar la discusión en términos clasistas y bizantinos. Tampoco propongo justificar el problema diciendo que está generalizado. Ya lo decían las abuelas: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Creo, sin embargo, que mirar el asunto en su verdadero contexto, es un acto de elemental sensatez.

Conozco el caso del director de un periódico de provincia que escribía editoriales bobalicones en primera página, sólo para saludar al Presidente de la República cuando éste llegaba a la ciudad.  El pago de este servicio fue un cargo burocrático para uno de sus hijos. He visto directivos de medios de comunicación con hermanos favorecidos burocráticamente, en Colombia o en el exterior. Los he visto como ministros, como contratistas públicos, como consejeros, como embajadores. Y también he conocido a algunos que utilizan sus columnas como navajas afiladas para atacar al gobernante, pero en cuanto les ofrecen un puesto se convierten en borregos de espanto. Entendámonos, entonces: ¿Cuando la falta la comete un reportero raso es una indelicadeza pero cuando la comete un pez gordo es un “servicio a la patria”?

A principios de los años 90, El Tiempo utilizó en un editorial la metáfora de “la puerta giratoria” para señalar que había una demarcación estricta entre la carrera política y la vocación periodística. Esa puerta, según el editorial, no tenía retorno. Es válido que un periodista la atraviese, pero no que – una vez se le acaba la chanfaina – se devuelva a la sala de redacción o a la columna habitual, como si nada. Y menos que salte permanentemente de un lado al otro, como una cínica pelota de ping pong. ¿Me van a decir que no han conocido ustedes a trapecistas de esta índole?

Para que empecemos a hablar de ética en una forma coherente, es necesario partir de una premisa justa: todas las faltas – y no sólo unas cuantas – son condenables.  Bien dijo Norman Sims,  que los periodistas han olvidado su deber esencial de servirle a la gente, por andar pendientes de las migajas que sobran en el pastel del poder.

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