Gastronomía infantil

Gastronomía infantil

Fotografía: Elkin Octavio Giraldo - EL CLAVO

La niñez siempre viene con el ansia por revisar nuestro cuerpo; la primera estación antes de adentrarnos en el mundo. Por eso comimos moco, uña, cera de oído, y algunos avezados, caca. Cuando niños tuvimos malas experiencias con olores, sabores, colores, que marcaron nuestra vida de adultos. Yo odio el olor a tierra mojada, me produce malestar los alimentos enlatados, y les tengo pavor a los payasos.

Cuando somos niños todo es divertido. Todo tiene esa etiqueta de “asqueroso” y por ende de reto. Hay una que guarda sus secretos en lo hondo de nuestro imaginario colectivo. Los mocos, sin lugar a equivocarme, son los fluidos que más sentimientos encontrados producen. Desde aquel que se eriza de sentir que puede asomarle uno por la nariz, de ella que se muere de la vergüenza de saber que algo tan vil hace parte de su figura o de otros que sentimos ese oscuro deseo de tomarlo y hacerlo bolitas. Ese odioso instinto de pegarlos bajo la mesa, la cama, la silla, el zapato, , o simplemente, tirarlos al suelo.

Nuestro cuerpo contiene moco por todas partes desde la laringe, pasando por el estómago y el colon hasta llegar a nuestro conocido moco pulmonar. 

Pasaba mis vacaciones en la finca. Entre montañas y humedad tropical. Degustando limón con sal y la consabida guayaba en todas sus presentaciones. Allí mientras corría tras una pelota o montaba en bici, los mocos hacían su aparición. Pero estos mocos me desagradaban al infinito. Un sustancia viscosa, aguada, incolora, insabora, escurriendo de mi nariz y normalmente empapando los antebrazos, el saco y la camiseta. En la tarde cuando el sol empezaba a despuntar en lo alto de la montaña y el cielo se confabulaban con el viento para dejarnos armar figuras con las nubes, empezaba a sentir carachitas alrededor de mi nariz. Como quien no quiere, alargaba mis pueriles dedos y dejaba que las uñas barrieran el rededor de la fosa nasal para hacerse con unos cuantos milímetros de placentero moco seco. Lo comía en las mañanas, apenas despertaba, en las tardes de sol y algunas noches veraniegas. Lo hacía con una tranquilidad enfermiza. Una y otra vez, hasta llegar a tener la nariz pelada.

Esa manía la perdí tal y como la obtuve: sin darme cuenta. Una mañana, me desperté tarde, después de una discusión familiar que me había sacado lágrimas. Por instinto me llevé las manos a los ojos. Me limpié con fuerza. Me levanté. Antes de llegar al comedor, donde la familia tomaba el desayuno, me llevé el dedo a la boca. Y ahí prorrumpí en un estrepitoso grito:

-¡Mamá, mamá, me comí una lagaña pensando que era un moco!

Con el pasar del tiempo, con la exploración de mi cuerpo y del mundo, mis hábitos gastronómicos se han modificado. El moco se ha convertido en un recuerdo viscoso de una etapa feliz; en una risa maliciosa cuando veo a un pequeño escarbándose las fosas con ahínco y emoción.

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