Hagámonos Pasito, un cuento sobre los “pecaditos” de pareja.

Hagámonos Pasito, un cuento sobre los “pecaditos” de pareja.

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El grito lo levantó de la cama, exactamente, a las 6:45 de la mañana. Al correr a la fuente de agudos desafinados, no pensó que fuera para tanto.

—Mirá, Ludovico, — le señalaba su esposa con el índice tembloroso, el lavamanos, —mirá bien. Ahora decime: ¿esos pelos de barba roja son míos? ¿Me los querés achacar, cuando los te los puedo mostrar pegados en la cera?…

Tuvo de soslayo la oportunidad de ver el reguero de pelos olvidados, afeitados de su barba. El dedo esmaltado inquisidor continuaba el recorrido por el baño.

—Y esta es la marca de un prostático en potencia. A menos que lo último en decoración de interiores, sean inodoros con pecas, esto para mí, “querido” Ludovico, son meaos de un pipí
sin puntería—.

Ludovico perdió el audio. Se quedó con el video de un dedo esmaltado asomándose por el tubo del dentífrico derramado, por el Rexona peludo, por la toalla, el peine, el espejo…

En la oficina, recordó la pesadilla. Oyó de nuevo a la energúmena dando portazos y sentencias de divorcio, independencia habitacional, sexual y coprológica.

Fue entonces cuando la providencia vestida para el aseo, le anunció una luz al final del túnel. Salía de gerencia murmurando que cada quien debería, por lo menos, mantener el estatus hasta en su basura.hagamonospasito2

— ¿Cochina yo, dotor? Hagámonos pasito, dotor. — decía alejándose por el corredor.

Para Ludovico fue poesía: nunca pensó en revertir la dosis que lo convertía en criminal.

Al día siguiente, exactamente a las 6:45 de la mañana, la despertó a ella el tono grave de un grito que exigía la presencia inmediata de la dueña de los cucos que colgaban húmedos en el acrílico del baño.

—Mirá, Ifigenia: La idea del maniquí de la Feria del Brasier y Solo Cucos, es que los tenga puestos. No lavados, colgando hasta en la llave de la ducha: ¡Cochina!

Impávida, notó el dedo grueso asomarse por los pomos repletos de crema antiarrugas, las cosmetiqueras y demás repello facial. El dedo, por la colección de “Vanidades” en la canastica frente al inodoro. El dedo por la moña, el secador, la cera…

—Hagámonos pasito, “amor”. —Dijo, casi con una lágrima de felicidad Ludovico— cuando se te ocurra levantar de nuevo el dedo, acuérdate de señalar también tu propia miseria.

Salió del cuarto, y justo cuando la efervescencia se convertía en calor, Maicol, el menor, salía de su propio baño. Vestía de blusa ombliguera, falda escocesa, media colegiala y zapatos de charol. Maquillaje novato, y en sus palabras, el temor de quien sale a escondidas de un ropero:

—Má. Pá. Debo contarles… Antes de continuar, Ludovico e Ifigenia trataban de ingresar y permanecer juntos en el estrecho del baño de su nueva hija. En el lavamanos, los pelos recién cortados de la barba. En la tapa del wáter, la cosmetiquera extraviada, varias cajas depilatorias y el tubo del dentífrico derramándose aplastado por la mitad. En el bizcocho, la mancha de los meaos sin puntería. En el rexona y el sifón, los pelos de la peluca. En el suelo, dos ediciones vencidas de “Vanidades”. En la llave de la ducha, recién lavadas, las bragas perdidas de la mayor…

— ¿Hagámonos pasito?— preguntó Ifigenia, antes de desvanecerse sin sentido en los brazos atolondrados de Ludovico.

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