Hincha hasta la Muerte

Hincha hasta la Muerte

Alguna vez un tío me enseñó algo que habría de cambiar mi vida y me condenaría de por vida a un equipo de fútbol. “Uno puede cambiar de novia o esposa. Cambiar de colegio, carrera universitaria. Puede cambiar de partido político, de carro, vivienda y EPS, mejor dicho de todo, menos de mamá o de equipo de fútbol”. De la misma forma, en el colegio me lo advirtió el profesor de educación física y en el barrio, me lo sentenció el más grandote de la cuadra después de un picadito con canchas de banquitas. Desde entonces, ¡me fregaron!

¿A quién le hereda uno el amor por un equipo? Al papá. Y el mío es y será azul. Y no por culpa suya, sino de mi abuelo. Godo, conservador, pintor y tradicional, cachaco de abrigo y boina, quien vivió el famoso Dorado del fútbol colombiano, en el que jugaron en Millonarios estrellas rutilantes que de pura carambola llegaron a este equipo como Alfredo Di Estefano, antes de irse a triunfar al Real Madrid.
A mi papá, y por ende a mí, me llega esta herencia cargada de estrellas llenas de historia y confetis, de hinchas desilusionados en los últimos 23 años, tiempo durante el cual los azules o embajadores, los Millonarios, han sufrido su mayor quiebra futbolística, que alguna vez lo dio a conocer como el equipo “Pinochet” por juntar a tanta gente para torturarla en el Campín.

Y como buen heredero de esa ceguera azul, coleccioné las camisetas: La siete de Willington Ortiz y la 9 de Converti o Irigoyen. Me la jugué en el colegio, incluso me gané una que otra zancadilla sucia, por los azules después de cada comentario desobligante. Lo peor: me he arriesgado 19 veces a ir al estadio Pascual Guerrero de Cali, en los últimos diez años, a hacerle barra, y ganarme 33758 madrazos de hinchas del Deportivo Cali y el doble de los del América. Y claro, en cada pitazo final tener que emprender la huida, con la derrota a cuestas, pues solamente una vez vi Ganar a Millos en el Pascual y fue frente al Cali 2 por 0. Todavía recuerdo que los goles los metió un guatemalteco de apellido Santamaría, quien después, como la mayoría de los “troncos” que han pasado por los azules embajadores: fracasó.

A Millos sólo lo he visto celebrar durante mi vida en 4 ocasiones un título, mientras que mi hermano, 14 años menor e hincha del América, en sus 27 años ha visto celebrar durante 10 veces a los rojos. Todavía recuerdo algunos de los 11 héroes que nos dejaron la última estrella de 1988: Alberto Gamero, Eduardo Pimentel, Mario Vanemerak, Carlos Enrique Gambeta Estrada y Arnoldo “Guájaro” Iguarán. Les confieso que hoy, no conozco ni la titular.

Ser de Millos, le permite a uno observar en silencio la discusión de los demás hinchas, y decir pendejadas. Celebrar sin envidia los triunfos de otros, pues de tanta derrota encima, uno se puede solidarizar con los amigos que tienen buen gusto, claro sólo hasta cierto momento. Otra ventaja es no poner el escudo en el Facebook, no tatuárselo y mucho menos pararse a gritar como hacen los del Cali, el América o el Nacional: “Que viva… hp”.

Ser hincha de Millonarios hoy, es serlo de un equipo chico. Que tuvo 13 estrellas colmadas de historia y llenas de telarañas. Un equipo que ilusiona cada comienzo de torneo y que a la séptima fecha causa zozobra, a la fecha 12 desolación, donde de ser el consentido, pasa a la tanqueta de la policía.

Pero es Millos, tiene abolengos y no podría traicionar el corazón paterno y mucho menos el espíritu del abuelo y claro aquella frasecita: “Mijo uno puede cambiar de todo, menos de mamá o de equipo de fútbol, porque de lo contrario sería un voltearepas” ¡y de eso nunca!

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