Historia en un bus

Historia en un bus

Ilustración: Leo Parra

Voy pensando en ti, en lo que me gustaría decirte. Imagino el vestido que tendrás puesto, la pose en que te acomodarás en el sofá, tu modo de fumar mientras me escuchas. Todo es una fotografía en mi mente. La penumbra es arenosa y obsequia la luz exacta que me deja ver las líneas de tu rostro, tus ojos rasgados, tus labios rellenos.

Estarás concentrada en mis palabras y tus pensamientos al mismo tiempo, y no me dirás nada. Yo hablaré como explicando el mundo con una teoría recién ensamblada.

Ambos tendremos la certeza de que ese no es el encuentro anhelado ni el que deberíamos tener pero dejaremos que fluya hasta que se acabe.

Tomaremos café para evadir el vino, y después de haber gastado el discurso preparado (yo con mi voz, tú con tu silencio, ambos con palabras apuntando en direcciones diferentes y sostenidos por la nostalgia de habernos amado, de extrañar la vida juntos), pasaremos a otros temas, aquellos que nos dejan respirar fluidos, ser ocurrentes y medidos, hacer bromas, nombrar viejos amigos y familiares, recordar anécdotas de momentos en que fuimos felices hace años. Reiremos un poco.

De repente se hará un silencio un poco largo y antes de que se ponga muy incómodo diré que es hora de irme. Entonces me invitarás a quedarme, dirás que aún conservas el sofá-cama que compramos una navidad y yo sonreiré. Será una sonrisa resquebrajada que tú entenderás triste y dolorida. Tú mirada mostrará exactamente esos mismos matices de invierno, y en un escaso segundo nuestras gargantas estarán a punto de soltar lo que hemos guardado en el corazón por tanto tiempo pero no lo harán.

Insistiré en que tengo cosas por hacer temprano en la mañana. Nos abrazaremos de despedida, será un apretón cálido, solidario, casi el preámbulo de un beso. Al zafar el nudo dirás que me vaya bien y yo partiré sin abrir la boca, sin mirarte a los ojos.

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