#HistoriasDeUltraTumba: El espanto más discreto del mundo

#HistoriasDeUltraTumba: El espanto más discreto del mundo

Ilustración por Colectivo Guácala

Ilustración por Colectivo Guácala

Terror cerca al oído

La noche era un bosque de ruidos. La cama parecía albergar, en el espacio oscuro que la separaba del suelo, un mundo gigantesco e innombrable. La luz de la luna se filtraba con terquedad por el quicio de la puerta y dibujaba en las paredes y en la ropa que dormía en el armario, las formas más extrañas e inquietantes. De repente: el aliento frío de un hombre me estremece. No puedo moverme. No puedo gritar. Recuerdo mi infancia fugazmente y me entrego a la fortuna esperando sobrevivir. Siento la caricia de una barba montaraz en la oreja: quiere hablarme. Es el espanto más discreto del mundo. Es el espanto de mi tío Pedro.

Cuando murió nadie pensó que volvería a cobrar las cuentas pendientes. Nadie imaginó que su cuerpo diminuto de muñeco herido sería capaz de doblegar la voluntad de hierro de los hombres de la casa. Pronto, la familia se desintegró. Los secretos del tío Pedro se filtraron en el pueblo y mancharon la reputación de los abuelos. Decían que violaba niños y que era cacorro. Decían que preparaba cada noche, en su horno oscuro de hollín, manjares crueles con los perros callejeros que sucumbían ante su mirada frágil de abuelo prematuro. Siempre me pareció un ser extraño y fascinante. Un niño de piel arrugada que buscaba escapar al destino de hombre violento y mujeriego que le correspondía por herencia. Jugué muchas tardes con él y quizás por eso acude cada noche a mi cuarto. Llega y respira angustiado y se marcha sin decir palabra, llevándose el sueño y la tranquilidad de mis noches.

—No puedo seguir viviendo —alcancé a escuchar, paralizada y sin miedo, acostumbrada a las visitas del espanto. Sentí la barba más cerca que nunca. El frío de la noche penetró con esas palabras en mi cuerpo y pensé que no podría soportar mucho tiempo su respiración cansada. Recé con la esperanza de liberarme y entonces sucedió: sentí una mano huesuda que husmeaba en mis entrañas. El aliento agitado, furibundo y el olor de las palabras contenidas que escapaban lentamente: “¿a qué le temes?”, me dijo, al tiempo que me apretaba el cuello y me acariciaba los senos. Lo sentí vivo y angustiado, buscando con sus dedos torpes, en la oscuridad de mi cuerpo inmóvil,  un alivio. Cuando acabó, lancé un grito mudo e inútil de auxilio.

Las visitas del espanto cesaron por un tiempo. Puede que por vergüenza o decoro, no lo sé. Quizás ahora descanse en paz, libre de la culpa carnal y humana; amparado tras su máscara nocturna de espanto. Lo cierto es que no sentí rencor hacia él. Muchas noches después, algunos recuerdos volvieron a mí en forma de sueños y me brindaron respuestas y sosiego. El tío Pedro era una criatura tierna y dulce que tuvo la mala fortuna de nacer hombre. Sus zapatos brillantes e impecables poblaban mis sueños y revelaban una verdad nítida: el espanto quería agradar a su familia, demostrar su hombría. La barba descuidada sólo era un disfraz. Los rumores sobre su crueldad, un escudo. Un detalle borroso disipó el miedo y aumentó mi consideración por aquel hombre castigado por su propia estirpe. Una distinción ambigua que no lo libraba de la condena paterna y el desdén materno: Pedro no era cacorro, era marica.

 

Escrito por Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa   @Lgrdelarosa

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