#HistoriasDeUltraTumba: La bestia dentro de mí

#HistoriasDeUltraTumba: La bestia dentro de mí

Ilustración por Colectivo Guácala

Ilustración por Colectivo Guácala

El infierno en la tierra

De nuevo la palpitación en la frente. El sudor frío que es la antesala al dolor electrifica mi cuerpo de pies a cabeza. Todo gira. Las luces de las lámparas de la calle se filtran en la habitación produciendo que los objetos arrastren esa sombra dramática y siniestra de la noche. Me duelen las manos. Me arde la garganta.

He previsto todo: ya he marcado la fecha en mi agenda. Los preparativos están dispuestos. Sólo falta esperar. Por eso, estoy amarrado con cadenas de pies y manos, sobre esta incómoda cama de motel, víctima del sosiego embrutecedor de los calmantes, agarrado a la tela de la esperanza de poder dormir sin ninguna consecuencia. Digo en mi mente: “no lo voy a hacer, no lo voy a hacer”.

En el techo, veo mi imagen regresada en un espejo. Siento cómo el efecto narcotizador de las pastillas hace su trabajo porque en cuestión de minutos mi cara se adormece. El labio inferior de mi boca se descuelga y se me calma la respiración.

Sin embargo, no puedo cerrar los ojos.

Algo se mueve de repente dentro de mi estómago. Arriba, en el cristal veo a un hombre moviéndose, retorciéndose entre gritos con el rostro desfigurado. Él ya no soy yo.

Contengo la respiración, me muerdo la lengua y cuando menos pienso estoy de pie, libre de las cadenas que yo mismo me puse, riéndome con alaridos. Entonces lo veo con claridad: el demonio que me atormenta una noche por año está de pie en la puerta, disfrutando el momento, con sus patas al revés, sus brazos delgados, la piel ajada; exhalando esa fragancia nauseabunda traída del mismo infierno, y a pesar de que no tiene boca, puedo verlo sonreír. Camina hacia mí y me toca el pecho con una de sus pezuñas. Las paredes se enrojecen y sobre ellas trepan llamas que crepitan dulcemente en un baile mortífero.

Salgo a la calle, mientras el toc-toc de mis pisadas hacen eco en el húmedo asfalto. No siento nada. Deseo sangre. Me abro paso entre el monte y consigo llegar a una carretera sumergida en la negrura de la noche. Unos autos se deslizan con un zumbido y levantan parte de mi pelaje con el viento que dejan atrás. Al fondo, una estación de gasolina me guiña el ojo y me invita a que me acerque. Un hombre grita a mi espalda: “¡Hey! ¡Lindo disfraz! ¿Qué es? ¿Una vaca?” No logro verlo bien, pero sé que en los próximos cinco minutos su cabeza estará aplastada por una de mis patas.

Uno de los tipos de la estación de gasolina me mira con gracia. Los otros tres se hacen a un lado. Al principio creen que es una broma, pero dejan esa idea cuando logro rebanar en tres partes uno de los brazos del sujeto que está cerca al contador de gasolina. Empieza la matanza.

Me llamo Eduardo, tengo 21 años. Estudio teatro. Soy buena persona y rara vez peleo. Soy liberal, pero amo las reglas. No digo groserías y no soy religioso. Pago mis estudios con un trabajo de mesero que tengo los fines de semana. Al graduarme quiero dedicarme a la danza.

Pero  una vez al año salgo a matar, porque debo ofrecer sacrificios. Alguien puso sobre mí la misión de dirigir el mundo en sus últimos días.

Me llamo Eduardo y soy el anticristo.

 

Escrito por Luis Gaviria   @luisgaviria226

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