#HistoriasDeUltraTumba: Máscaras

#HistoriasDeUltraTumba: Máscaras

Ilustración por Colectivo Guácala

Ilustración por Colectivo Guácala

Un monstruo de muchos rostros

El cabello ya casi me llega a la cintura, los senos y el trasero me duelen aún por las inyecciones de aceite, en ocasiones me mareo por inducirme para verme delgada, tengo las piernas llenas de várices por los tacones y ya casi no me queda vello en el cuerpo por las hormonas. El camino ha sido extenuante, pero la recompensa lo vale, vale tanto sufrimiento, vale tanto dolor, vale perder hasta el último peso, vale lo que sea por verme como una mujer. Sólo me falta el pene, sólo me falta el maldito pene. Lo odio, odio ese trozo de carne que me cuelga, que me recuerda que nací “varón”, que por más cinta que le amarre, si me siento, se me marca. Le tengo asco, pero no sólo al mío, no, le tengo asco a todos, a cada uno de los penes, les tengo asco a los hombres.

Detesto a esos seres “testosterónicos” que día a día me ven y se burlan, que me gritan: “Partite galleta”, que me apodan “guayaba”, que me hacen ruidos afeminados cuando me ven pasar.

Acá en la cárcel es más fácil, soy la única mujer, así que todos hacen fila por estar conmigo. Tengo 5 novios y varios mocitos. Al guarda de las 3:00 p.m. le suelto “un cariñito” a cambio de las hormonas y a los de la cocina, unos piquitos en el pajarito para que me den el aceite pa’ las tetas.

Me gusta la cárcel porque no tengo que ser otra persona, porque no tengo que usar una máscara de hombre para salir a la calle. Tuve que usar muchas máscaras y por eso estoy aquí, porque aparentar lo que no soy me consumió por dentro, me llenó de ira, de rabia y de rencor. La ley dice que lo que hice no está bien, yo digo que hice lo que tuve que hacer para sobrevivir en una jungla de asfalto donde los machos te comen, no te pagan y luego te insultan por “maricón”.

¡Ay! Tanta sangre derramada, tanto dolor ocasionado, todo se hubiera podido evitar si los hombres fueran más comprensivos. Tantas máscaras almacenadas fueron mi perdición.
Tenía muchas: blancas, negras, con pelo, de nariz grande, de nariz pequeña, de piel bonita o llena de huecos. Me gustaban porque con cada una, llegaba una sensación de calma. Claro, en más de una ocasión la gente se espantaba si me veía con una “¿Por qué? ¿Son sólo máscaras?” Me preguntaba yo: ¿Acaso eso no es lo que ustedes querían ver? Pero nadie sabe lo que quiere.

Nunca fui capaz de conseguir máscaras de mujer ¿Para qué, si yo soy una? No me voy a disfrazar de aquello que ya soy. Bueno, una vez tuve una, fue la máscara de mi mamá, quien me pegaba por ser “mariquita”, ha sido mi única máscara de mujer. Conseguirla fue triste, tuve que cortarle la garganta mientras dormía y luego, con cuidado, arrancarle la piel cuidadosamente para no estropearla. No fue un trabajo perfecto, pero fue mi primera máscara. Con el tiempo aprendí a arrancarles la cara a los hombres que me atacaban, me violaban y me insultaban. La sangre a veces se quedaba por varios días en la piel y el hedor era insoportable, por lo que tenía que botar esa máscara.

En fin, heme aquí, escribiendo éste relato mientras me hago una máscara con mi compañero de cuarto. Él siempre me pareció bonito, lástima.

 

Escrito por Yamil Chuaire   @JameelSchuaire

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