Infieles con permiso

Fotografía: Mauricio Paz

Para entonces el reloj marcaba las nueve de la noche. El lugar de las “pasiones compartidas” era una casa en el barrio Alameda (Cali) como cualquier otra; de fachada con tablones de mármol y puerta de esas hechas en ferretería, digna de la arquitectura del lugar.

Un tablero electrónico daba cuentacque en Cali los termómetros se aplomaban en los 19 grados. Tras irrumpir en el interior del clandestino lugar, quien da la bienvenida es un hombre de unos 50 años: alto, piel morena y cuyo escaso cabello, refractaba las luces de la recepción. A sus espaldas una pared de madera, tímidamente dejaba escapar la música del lugar. El guión a seguir es incierto.

– ¿Se debe cancelar ya? ¿Cuánto es?

Por supuesto – asienta el hombre - son setenta mil pesos.

Ya comprado el pasaporte a lo desconocido y con las cuentas claras, el encargado indicó el camino a recorrer. La sensación de peligro y curiosidad no abandonaron nunca las honduras de mi conciencia.

El sonido era ensordecedor y envuelto por la oscuridad de un pasillo, el paso a paso se tornaba lento y tímido. La primera imagen fue la de un trasero sostenido firmemente por un par de piernas musculosas y morenas que se plegaban y estiraban al son de la melodía, pero a tono con una mujer que cumplía con su coreografía.

El sitio no tiene nada que envidiarle a una discoteca: luz tenue, aromas de la noche y ambiente de deseo. Eran unos 20 metros cuadrados. En el centro, una pista de baile custodiada por una barra gigante que demarca el lugar. El jacuzzi y un sauna al lado izquierdo, esperaban los amantes.

El panorama divisaba unas diez parejas, sin incluir los bailarines. Todos eran adultos, entre los 35 y 50 años. Para entonces, la dicotomía de los asistentes era inviolable y observaban atentos el show ofrecido, que se volvía pasional.

El hombre de las “piernas plegables”, desenfundaría su miembro para recubrirlo con un preservativo; de ahí en adelante, junto a su compañera de coreografía, se entrelazaron con tal pasión que los asistentes al lugar se fueron contagiando uno a uno.

Sonaron tres canciones, mientras las parejas rompían el hielo. Acto seguido, el animador del lugar salió a la mitad de la pista gritando que esa sería la noche de nunca acabar.

Aquel hombre, con una mano en el micrófono y la otra en su entrepierna, similar a un jugador de fútbol que aguarda el pitazo de un tiro libre, ordenó una tanda de reggaeton para que las mujeres trataran de seducir al hombre ajeno. En ese lugar todo era de todos.

La rutina era obligatoria y las más experimentadas persuadían a las novatas para que se quitaran la ropa. Ninguna se resistió. Las Evas se contoneaban libres y seductoras en el paraíso de las pasiones compartidas.

El turno siguiente era para los caballeros, quienes con menos tapujos aceleraban ávidos el inicio de los intercambios. Finalizaba la demostración de verdaderos ‘strippers’, por lo que de ahí en adelante todo fue una mezcla de lujuria, sexo y desinhibición.

No quedaba un sólo secreto y los asistentes ya eran bienes públicos. Una pareja se besaba, al tiempo que dos mujeres desconocidas en la cotidianidad, pero amigas en la lujuria se acariciaban mutuamente, mientras una tercera rompía el binomio con un par de juguetes sexuales.

Todos se tomaban de las manos para explorar las atracciones del lugar. Para ese entonces la protagonista era una ecuatoriana alta, de cabello largo y rubio; sus senos eran firmes y empinados como un par de picos que se asoman en el horizonte.

Rosa era su nombre y Joaquín su hombre, quien ya se encontraba embadurnado por las mieles de otras dos mujeres. Ella, por su parte, se unió a una pareja que deambulaba el lugar y preguntó: “¿para dónde vas, nena?” refiriéndose a una joven de unos 20 años y sin rasgos físicos sobresalientes. Caminaba junto a un chico que no la sobrepasaba en edad remojó sus labios y esperó paciente el beso que Rosa tenía preparado para ambos. Aquel instante, como el resto que le seguirían, pasó cuadro a cuadro. La fantasía de muchos se concentraba en contemplar la sublime unión de las Venus que se entrelazan en una sola sin dejar tempo a las palabras; sus lenguas se enredan de tal forma que parecería una sola, sus pezones erectos chocan de frente como polos opuestos y ni hablar de sus húmedas entrepiernas que describían toda la pasión del momento.

Ya la noche del sábado moría y la madrugada del domingo apenas nacía, pero la apasionada Rosa, dirigía la escena. Sus cómplices de noche se mostraban sumisos. Caminaron juntos a un cuarto de dos metros de largo por tres de ancho. En su interior, un pequeño catre impregnado de sexo, pasión y lujuria, esperaba por los amantes. El olor de la pasión ya se había fermentado en sus cuerpos.

Varios minutos de caricias pasaron para que Rosa y la sumisa joven se convirtieran en una sola, sus bocas conjuraban todo el morbo que el sitio producía por sí mismo. El hombre que miraba incrédulo la escena, esperaba impaciente para explorar cada rincón de sus cuerpos y sin pensarlo, Rosa pidió a su amante de turno olvidarse del entorno.

Cuarenta y cinco minutos habían pasado entre besos, caricias, mordiscos y gemidos. En ese momento Rosa se fundía en el sexo de aquel hombre, al tiempo que su compañera disfrutaba del cuadro y se auto complacía. Por su parte, Rosa aferró sus manos al pecho de su amante y gritaba: “no aguanto más, me vengo”. Pasaron dos o tres segundos para que su cuerpo alcanzara el punto máximo de excitación; sus ojos se desorbitaron mientras su chacra sexual derramaba un líquido que era apenas visible por el brillo de la luz.

La fiesta ya llegaba a su fin y Rosa abandonaba el lugar sin fuerzas y, por lo que decía, muerta del hambre. Por sobre su hombro, la pareja de amantes contemplaban sus rostros incrédulos de haberlo hecho. Supongo que de Rosa no supieron nada más.

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