La brujería no siempre es carreta

La brujería no siempre es carreta

“Ponga limones partidos en cruz en cada esquina de los cuartos, si se secan normalmente no pasa nada, pero si sale moho eso sí es cosa seria, le han hecho brujería”. ¡Dios mío!, mi cerebro se desordenó completamente, quería reubicar mis ideas, mis pensamientos. No lograba hacerlo.Mi empleada miraba con gesto poco risueño. Para ella y su pueblo todo era normal: “Si sale moho los coge con la mano izquierda sin tocarlos y los bota en un río”. No había río en medio de mi barrio, pero a media cuadra había un caño. ¿Y ahora qué hago? “Encienda incienso y rece, doña, rece mucho…”. ¿Sirvió? No sé, pero sentía al menos mi espíritu tranquilo.

Recuerdo en mi niñez a mi abuelita contando historias de brujas, carruajes fantasmas, manzanas y quesos engusanados. Me di cuenta de lo popular que es la brujería en nuestra sociedad. Supe que había una cultura de hechizos y contras: “Si quiere que su amado vuelva, échele menstruación en el jugo” le oí decir a un compañero de trabajo. “Y si quiere prosperidad, hágase baños con el jabón del pájaro macuá; mientras se baña, rece la oración que trae dentro de la caja”. ¿Y cómo hago para que el papel no se vuelva m… debajo del agua?

Todos alguna vez hemos creído en hechizos o amuletos: nos pusieron cinta roja alrededor de la cintura para protegernos del mal de ojo, llevábamos la pata de conejo a los exámenes finales, un dólar en la billetera para atraer más dólares, una hoja de destrancadera para la prosperidad, pétalos de rosas rojas hervidos en agua con azúcar para atraer el amor. O como decía una amiga: “Los martes y los viernes te bañás con azúcar morena de la cabeza hacia abajo, te quedás cinco minutos así, luego te bañás con ruda, canela y sígueme”. Otro día oí: “No soporto a mi vecina”. “Tranquila, póngale dentro del marco de la puerta o el carro, la medalla de San Cristóbal con la de San Benito, eso sí es efectivo”. “Mi novio me dejó por otra”. “No se preocupe, mija. Ponga la foto patas arriba, encienda los martes y los viernes velas rojas y a cada vela con un alfiler le pone el nombre completo de él, le unta miel, hace una muñeca con el nombre de ella y cada vez que quiera pínchela donde más le duela”.

“¿Qué será que mis hijas no consiguen novio?” decía una señora. La amiga muy en secreto -yo alcanzaba a oír la conversación- le sugería que comprara “un SAN ANTONIO, pero eso sí, que tenga el niño alzado y se pueda quitar y poner”, esa sí no me la sabía. “Como castigo por no enviarle novios a las hijas le quita el niño”, mejor dicho lo secuestra, “y los separa. Pone en un sitio al santo y en otro al niño, luego le pide perdón por lo que acaba de hacer pero que no le devuelve al niño hasta que sus hijas tengan novio”. Sin embargo, lo tradicional era meter cabeza abajo al santo en una alberca, amarrado hasta que cumpliera la promesa.

Aquí no acaba la historia de los santos. SAN PANCRACIO es el dador de trabajo y la salud. “Si tienes una enfermedad terrible, la novena es bendita y si te encuentras desempleado ni hablar, hazla con mucha devoción que él te dará el empleo, si te lo mereces”. Así como él hay muchos santos con novena propia y cada persona asegura que el suyo es el mejor. Igual sucede con los tarotistas de cabecera, el de cada uno es el non plus ultra.

Mea culpa, reconozco que yo sí he ido a que me lean el tarot. Claro, me dicen lo que quiero escuchar porque a veces la sordera se vuelve tan amiga nuestra que no la dejamos ir. Para algunos estas cosas se ponen en el camino para extraviar la verdad, ¿cuál verdad? Son hechos reales, son energía positiva, momentos espirituales. Los indígenas, por ejemplo, tomaban plantas, amuletos, mezclas de hierbas para curar el cuerpo y el espíritu porque su existencia giraba en torno a la naturaleza, a las leyes sagradas. ¿Por qué nosotros no hacemos lo mismo?

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