¡La cagué!

¡La cagué!

Ilustración: Yamore - El Clavo

Creo que todos hemos pasado por ese estado anímico en que el color de nuestras mejillas cambia y un sudor aceitoso recorre cada rincón de nuestro cuerpo. Mi historia inicia en el colegio cuando un profesor irresponsable, me canceló la ida al lugar donde descargamos todas nuestras culpas. Eran como las 10:00 a.m. cuando mi estómago comenzó a protestar por algo que no andaba bien. Algunas punzadas me doblegaban, pero debía esperar a que se tocara el timbre de cambio de clase para poder despojarme de mi molestia abdominal. Lo peor del caso es que para llegar al WC debía descender cuatro pisos y así correr por un largo pasillo para desembocar en lo más recóndito de las instalaciones del plantel educativo. Cuando por fin escuché la señal, comencé una maratónica carrera que desembocó en una historia que todavía mi memoria no ha podido olvidar.

Con cada paso precipitado, se me inyectaba un descontrol en mis esfínteres que desentrañaron una sensación de pesadez en mis calzoncillos. Al llegar al “trono” y desabrocharme el pantalón no fue sino bajarlo para que en instantes las impecables paredes se convirtieran en el lienzo de una obra abstracta.

Fueron varios minutos los que tuve que invertir para borrar las pruebas del crimen, sin embargo al regresar al salón, el ambiente comenzó a adoptar un aire “pesado”, sólo fue detectar una marca de barro en la suela de uno de mis compañeros para desviar la atención, pero la estrategia funcionó momentáneamente, porque al regreso del supuesto culpable, el olor persistía y con mayor intensidad. Una mancha verdosa en mi camisa fue la pista para que tanto docentes como estudiantes me pillaran. Al sentirme descubierto no quedó más remedio que pedir permiso para abandonar las instalaciones y partir a casa de una tía que quedaba a unas cuantas manzanas de allí. En el trayecto, veo salir la buseta indicada que me llevaría a mi dulce hogar, al otro lado de la ciudad. Así que para salir rápidamente de esta cagada, abordé el bus y me senté en el último puesto. Sólo fue cuestión de minutos para que el conductor sintiera en el ambiente un olor que no coincidía con sus rutinarios recorridos. Lo que hizo que parqueara por unos instantes el vehículo y se bajara a tomar una gaseosa para darse un respiro. Después de unos quince minutos el motorista se incorporó de nuevo al timón para continuar el camino, y fue después de ese episodio cuando el olor se mezcló con el sopor de la tarde y el sudor de los pasajeros, lo que ocasionó que pasara desapercibido, pero para desgracia del conductor, fui el primero en subirme y el último en bajarme.

Afortunadamente el percance ocurrió un viernes, situación que ayudó para que el fin de semana les hiciera olvidar a mis compañeros semejante hecho tan bochornoso para mí. A ninguno se le ocurrió volver a tocar el tema, nunca supe si fue por no hacerme sentir mal o realmente fue un caso de Alzheimer colectivo. Lo único que puedo asegurar es que mis habilidades histriónicas para imitar a los profesores opacaron por completo ese lunar en mi recorrido estudiantil, hecho que quedó en el olvido y al parecer sólo vive en mi memoria como un parásito que se le alimenta de mis recuerdos.

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