La caída del pez dragón: historia acuática

La caída del pez dragón: historia acuática

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Por Saúl Antonio Munévar
Ilustración: Pedro Galvis

Nunca vayas hacia la luz —le advirtieron al joven Koi—, arriba todo está desolado; los últimos caminantes se apresaron unos a otros con sus propias trampas.

—Desde hace años nada ni nadie se asoma a la luz —agregó el más viejo del grupo.

El joven espinado sabía sobre esas advertencias mucho antes de que alguien se las dictara. También sabía que las vanas precauciones de los viejos eran el resultado de grandes lagunas entre toda la manada; los escasos recuerdos habían pasado de boca en boca hasta volverse imágenes viejas y agrietadas. Koi no era tan joven como para perder la memoria propia, ni lo suficiente viejo para enfermase de una memoria vieja. Él era un almacén de ideas y hechos aún puros; ideas con las que todos los seres nacen y las pierden con el fluir de la experiencia. Por inercia sabía sobre el mito de aquel ancestro que una vez salió del agua y apagó el fuego sagrado de los dioses, entonces fue condenado a vestirse de colores y a habitar las aguas estancadas. Conocía las disputas por los yacimientos del omega contra los caminantes de la tierra que acabaron con muchos de los reservorios de contecimientos pasados.

A veces Koi adoptaba la postura vertical para desplazarse en las paredes rocosas; intentaba alcanzar las sombras dípteras que muy rápido pasaban sobre él. Las barbas y aletas eran cada vez más largas y fuertes. Quería ver a los caminantes de arriba y qué sucedía con la luz prohibida. Había un puñado de adultos que —según se decía— habían estado arriba y habían logrado regresar. Nadaban siempre en fila circular, tenían los ojos blanquecinos y miraban siempre apuntando a lo alto. Cuando sintieron la cercanía de Koi se detuvieron.

—Hola ¿quién eres?—dijo alguno. Antes que Koi respondiera, la pregunta fue pasando de uno en uno hasta acabarse:
—hola ¿quién…?
—hola…
— ho…
Después callaron. El joven pez guardó silencio.

«¿De dónde vienen los hechos que no se han vivido?, ¿hasta dónde hay que perseguirlos para que pasen?», pensó. La nostalgia le brotó de golpe en la piel, y el golpe fue tan duro que le dejó un lunar rojo de sol naciente sobre la cabeza. La nostalgia era el motor de su determinación. Tenía que ir hacia la luz. Sus agallas se fortalecieron y se echó a andar. El camino fue una aclaración de tonos celestes y verdes. A medida que se acercaba a la cima, ésta se ensanchaba como una enorme boca.

Dando botes se encontró sobre un banco de arena que le abrasó la piel; experimentó la luz del sol. Los rebotes le hicieron olvidar todo para recordar que era un simple pez, y nada más que eso. Un anciano de bigotes largos, que seguía unas huellas bordeadas sobre el islote, encontró al moribundo. Por mero impulso lo alzó por la cola, abrió la boca desdentada y lo soltó dentro de su garganta. Miró los días, miró las huellas y sus pies; después de años, fue otra vez consiente de por qué seguían allí. Se asomó al agua y reconoció aquel rostro centenario. Había perdido el olvido para recuperar la memoria y el primer recuerdo que le vino a la cabeza fue que debía haber regresado al agua hace mucho tiempo.

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