La culpa es de los que votan

La culpa es de los que votan

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Técnicamente, la culpa de los malos gobernantes es de los que votan, no de los perezosos que no votaron el domingo porque apenas oyeron “Ley Seca” se aprovisionaron de licor el jueves y se metieron una rasca épica de la que van recuperándose el lunes. Igual, un voto no hace la diferencia y nada hay como el placer de lo prohibido, ¿cierto?

¿Y entonces por qué la cantaleta de cada cuatro años para que votemos? Pues porque esa lógica, defendida con fina ironía por el cómico George Carlin, es tan válida como echarle la culpa del muerto al piso que lo frenó y no al asesino que lo empujó desde un piso 37. Como decir que nuestro fútbol profesional es perverso por cuenta de los pocos hinchas que pagan su boleta cada partido y con cuya recaudación los equipos pagan a esos jugadores tan malos.

Sí, la culpa es de los que votan, pero de los que eligen a incompetentes actores o ex reinas de belleza o a corruptos porque les prometen compartir algunas migajas que caigan de su asalto continuado y sistemático al patrimonio público. “Nunca subestimes el poder de la gente estúpida en grandes grupos”, insistía Carlin. Pero parece que seguimos haciéndolo.

¿Quién no ha recibido una cadena de Powerpoint prometiendo un milagro si la propaga o un horroroso castigo si la rompe? Todos, porque todos tenemos una tía jubilada que tiene un altar con la foto de Uribe o un amigo despistado que cree que Petro es la segunda venida del Mesías y que no se va a ir. Y son montones, aunque no sean mayoría. Y acaban eligiendo a tanto incompetente y corrupto que no tienen ningún estímulo para mejorar porque ven que para ganar no se necesita tener ideas ni una buena hoja de vida, sino una buena campaña que trame a suficientes incautos.

Por eso, la tarea está toda por hacer. Si queremos parecernos más a los paraísos escandinavos y dejar de quejarnos de que vamos para una república fallida africana, tal vez no debamos dejar que sean las tías y los amigos despistados quienes decidan.

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