La herencia fatal

La herencia fatal

Fotografía: Felipe Álvarez

Son terribles las consecuencias de la narcocultura para nuestro medio ambiente, nuestra vida y nuestro futuro. De los mafiositos la sociedad heredó perversas costumbres: compramos camionetas de alto cilindraje para poder pasear nuestros egos sin entender que esos vehículos son contaminantes. Preferimos comprar cosas importadas (sin entender de conceptos como huella de carbono), incrementamos la cantidad de energía que consumimos a lo largo de nuestras vidas, agravamos el cambio climático, nos olvidamos del reciclaje, entre muchas más malas conductas.

Nuestra maldita maña de tener fauna silvestre en cautiverio ha sido perpetuada por los mafiosos quienes la adquieren para adornar sus fincas y casas, llegando al absurdo de montar zoológicos privados, práctica que deja cada año miles de aves, reptiles y mamíferos sacrificados. También tenemos de consecuencia la nefasta droga: ellos -los mafiosos- la cultivaron, la repartieron y lastimosamente le enseñaron a una parte importante de nuestra juventud a consumirla.

Y para poder mantener esa parte de nuestra cultura narco y a los narcos, se cultiva coca, amapola y marihuana en zonas de reserva ambiental, donde se utilizan diariamente toneladas de soda caústica, acetona, cianuro, cemento y cuanto veneno existe, que luego son arrojados inmisericordemente a los ríos y quebradas, sin mencionar los árboles que son talados para abrirle espacio a los cultivos ilícitos.

Se trafica con fauna silvestre, siendo de tal magnitud el daño que se causa que la ONU considera que éste es el segundo negocio ilegal más lucrativo del mundo.

La cultura mafiosa ha generado espacios para todo un comercio de maderas finas, pieles, artículos suntuosos producidos a altísimos costos medioambientales que luego son rápidamente remplazados por la moda de turno.

La cultura narco convirtió al barrio Ciudad Jardín de Cali en un sector por el cual un anciano o una madre con su bebé en coche no pueden caminar porque el espacio consagrado para andenes está ocupado por remedos de jardines europeos. Es un barrio donde después de la seis de la tarde hasta la policía siente miedo de transitar porque las casas están rodeadas de muros altísimos que convierten las calles en embudos ciegos propicios para la delincuencia; generando la sensación de estar caminando por entre cárceles peligrosas y no por un barrio de hogares.

La cultura narco nos alejó de los paraísos medioambientales, hizo que el paseo de olla se viera boleta, que caminar por los bosques observando aves fuera cosa de locos, segregó las  ciudades y con ellas las universidades, los centros comerciales, los restaurantes, los bares y hasta los parques públicos.

Pero la peor consecuencia que padecemos de esa narco cultura, es haber aprendido a alabar al ladrón, a ver al corrupto como el pilo de la cuadra y no como el bandido que es, haber aprendido a admirar al inepto del pueblo que de la mano de la corrupción y la politiquería se volvió rico, haber aprendido a aceptar que los bandidos son poderosos y por eso en silencio nos dejamos gobernar de ellos. Esa perversa cultura nos quitó mucho de los valores que teníamos por dentro, nos alejó de las cosas espirituales, de las cosas sencillas pero apaciblemente hermosas, y nos acercó a la espantosa realidad que hoy vivimos y que estamos obligados a cambiar, para construir una sociedad decente y garantizarnos un mejor porvenir

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