Lección oral, nada es lo que parece

Lección oral, nada es lo que parece

rojo art copia
Por Leandro Arias

Rojo la convenció de hacerlo. Se puso el top negro sin bra, los shorts blancos, se alisó el pelo y se pintó los labios de rouge. Se aseguró de llevar todo lo que necesitaba en su bolso y salió para la universidad. José Joaquín Solórzano, Juaco, tenía un doctorado y otros títulos de estudio que no recuerdo. Enseñaba en la Universidad Distrital hacía como 12 años. Le gustaba quedarse hasta tarde en su salón corrigiendo exámenes o leyéndose alguna novela negra. Enseñar para él valía la pena por una sola cosa: rajar a sus estudiantes. Nada lo perturbaba en sus pesquisas, hasta hoy, cuando bajo el umbral de su puerta escuchó el saludo de buenas noches de Brenda. Juaco alzó la vista para tropezarse con el cuerpazo de su alumna.

Disimuló la sorpresa acomodando hojas y lápices de su escritorio mientras le decía a la señorita Sabogal que pasara. Brenda entró y se acomodó en una silla frente al profesor. No recuerdo muy bien qué le decía, pero tenía que ver con algo sobre su nota, sobre la posibilidad de mejorar su promedio, sobre una súplica para no perder la materia. Brenda estaba becada. Solórzano parecía no entenderle, movía la cabeza, se acomodaba las gafas, se limpiaba el bigote cano, manoteaba al aire, hacía jarras con los brazos. Le daba un discurso torpe sobre esponsabilidad y esfuerzo. La muchacha le tomó con ternura el brazo y le dijo que haría lo que fuera por esa nota. Lo que fuera. El plan de Rojo parecía no tener fallo. Brenda grabaría a Solórzano aceptando una propuesta no menos que inmoral y luego el 5.0 vendría casi por automático.

Juaco se levantó de súbito y de un zarpazo le arrebató el bolso. Brenda, entre sorprendida y aturdida, se quedó sentada, clavada en su silla, sin siquiera resistir el envite. El viejo hurgó en sus cosas hasta que con una sonrisa plantada en la cara, encontró lo que buscaba.

Joaquín, con la grabadora encendida, como la había sacado del bolso, le apuntaba a Brenda como si fuera un revólver. Fue a la ventana, a la grande, a la que daba a la cancha de microfútbol y mientras caminaba recitaba un sermón: “Señorita, ¿acaso pensaba ganar notas a cambio de qué? Míreme bien, mire mis canas, yo no estoy para esto. Respeto señorita, respeto, por mí, por usted misma. Valórese, quiérase. La ética señorita, el buen proceder. La moral, señorita, la moral…” En medio de su parloteo cerró las persianas. Caminó hasta la puerta continuando su diatriba. Desde allí le preguntó a Brenda si había comprendido la gravedad de su propuesta y que, sin embargo, pese al mezquino ofrecimiento, él la disculpaba, que hablaría con el decano, con el rector y que además tendría un semestre más, si nada funcionaba, para comenzar de nuevo la materia. La muchacha cabizbaja sólo permanecía allí, ausente, como rota. El profesor le pidió que se marchara y antes de que la señorita se levantara para irse, Juaco dio un portazo y puso el cerrojo. Apagó la grabadora y la puso en el bolsillo de su camisa. Se quitó las gafas, las limpió con vaho y las guardó. Dio un breve suspiro y se fue con la verga en la mano hasta donde la señorita Sabogal permanecía sentada.

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