Los perros del Sundance Festival

Los perros del Sundance Festival

Do you know where we can get a Corrientazo ?
What ?
Yes, you know, an electric shot !!

Foto por: Cortesía Antorcha Films

El muchacho de color pomarrosa, arropado en su elegante chaqueta de Sundance Film Festival Staff , me lanzó una mirada en reversa, con la desbordada certeza de estar desconcertado.
–¡¡Changus !! —le dije
What?
Esto se complicó, llave —me dijo Carlos.
Y yo que me las doy de recursivo me puse a echar cráneo. El joven pomarrosa nos había dicho que se había visto Perro come perro y que le había encantado. Claro, y seguro se acuerda de la escena en donde Peñaranda, Benítez y Sierra comen en el famoso restaurante caleño El Despiste. Esa fue, me dije.
You know, like in El Despiste!
What?
Yes, when you don’t know what the hell is going on, El Despiste! —le dijo Carlos con la serenidad pasmosa de quien tiene la verdad revelada.
I don’t know what the hell is goin’ on
Ahá, you see!! Now we’re talking —le dije sonriente.
Él miraba para todos lados como suplicando ayuda. Pasaron varios segundos en un silencio en el que se lograba escuchar el caer de los copos de nieve en el techo del recinto. Aguzó la mirada y como que se la pilló:
You guys can eat here
Yo miré a Carlos. Menos mal. Pegó en el palo, hijuemadre. Estaba en riesgo nuestra dieta de Oso Yogi. Con el corrientazo a dolorosos US$35 más tax and tip , en Park City hay que hacer como los osos que andan buscando dónde hay comida gratis. Esto de ser independent filmmaker es como complicado, llave.
Acabábamos de llegar a Park City, la ciudad en donde cada año se lleva a cabo el famoso Festival de Cine de Sundance. Muy renombrado pues es el de Robert Redford (todo el mundo le dice a uno en Colombia: “vé, y te tomás una foto con el mono, ¿no? ”) y porque más o menos todo el mundo va, hasta nosotros. Es un pueblito como del tamaño de El Darién, que la gente en vez de esquiar en el Lago Calima lo hace en las colinas circundantes cubiertas como con setecientas mil millones de toneladas de nieve y en donde en los días cálidos, el mercurio muerde el termómetro en deliciosos menos 15 grados centígrados.
Nos dieron las escarapelas con nuestros nombres y nos tomamos las fotos respectivas para mostrarle a nuestras mamás que estábamos triunfando, “¡finalmente como que cogieron rumbo estos muchachos !”. Nos disfrazamos de esquimales y en menos de cinco minutos íbamos en el confort de uno de las decenas de buses gratis que circulan por acá. Yo creo que no cobran porque les da es como pena. Llegamos al Egyptian Theatre, en donde en 36 horas íbamos a estar en la Premiere de los Perros. El corazón nos latía a mil y sudábamos hielo.
Llegó el día señalado. Nos levantaron las llamadas de la radio y la prensa de Colombia a ver qué nos habíamos ganado. Que qué había dicho la crítica y que qué tal era Robert Redford. Pues debe de ser un tipo muy atravesado —le dije a alguien— pues para hacer un festival de cine en semejante lejura, eso es como para demostrar que él hace lo que le da es la gana. Yo creo que un día de buenos tragos, don Robert dijo, “ahora hijuemadre me hago un festival acá en la finca, pa’ nosotros cinco los que estamos acá, y como esto queda en la porra, no va a venir es nadie y buenísimo ”. Hmm, hasta nosotros vinimos.
Carlos y yo habíamos llegado el domingo a Los Angeles y el lunes a las nueve cero cero estábamos en un FedEx mandando el casete de Alta Definición con nuestra película dentro, le había hecho un seguimiento maniático a través de Internet y cuando me apareció el letrero mágico de delivered llamé al Festival y me aseguraron que en efecto no era una pantomima virtual, el casete estaba allá; sin embargo, este era el segundo que habíamos enviado. Entre el primer envío y el segundo había unas diferencias, tal vez microscópicas, pero lo suficiente como para revolverme el páncreas. Agarré mi celular gringo de diez dólares.
Caroline —le dije a nuestra chaperona mientras caminábamos a cálidos menos 11 grados— ¿cómo hago pa’ estar seguro que el casete que tienen allá es el que es y no el que no es ?
Ahh, no te preocupes querido. Tú simplemente asegúrate que lleguen todos una media hora antes para lo de las fotos , me dijo con una tranquilidad asesina, como si se estuviera arreglando las uñas de los pies y alguien le estuviese sosteniendo el teléfono.
Esta sí cree que me le voy a comer semejante cuento. La paranoia aumentaba, pero yo hacía cara de cómo que nada. Íbamos avanzando en parche, todos con caras felices y yo con la tortuosa claridad que iba a salir todo al revés. Esta Caroline debe de tener mil cosas que atender y qué va a ponerse a llamar al man del teatro a confirmar.
Caroline, me perdonarás la molestadera, pero será que el manager del teatro me deja entrar y mirar los primeros cinco minutos de la película… yo ahí me doy cuenta si es el casete que es y por ahí derecho revisamos el color y si está calibrado el volumen.
–¿Y para qué? No querido, no te preocupes, todo está listo, tú disfruta.

Y déle con el cuento de querido.
Llegamos al teatro. Un chorro de gente para entrar. La manager nos decía que estaba todo vendido y había una larga lista de espera. Nos tomamos fotos con el afiche, con el letrero, entre nosotros y con los otros. Repartí los tiquetes (la verdad fue un camello bravo encontrar boletas para nosotros mismos), tomé aliento y entramos.
Caroline Libresco (diferente a la Caroline de arriba), quien había seleccionado la película, hizo una presentación tan buena que casi la agarro a besos, pero cuando dijo que habían escogido nuestra película para abrir la Competencia Dramática Mundial fui preso de nuevo de la paranoia-preestreno-mundial-con-casete-que-de-pronto-no-es-el-que-es; pero mano, ahí sí no había nada qué hacer. Me recosté en mi silla y le di un abrazo a Carlos. Después de trece meses de haber terminado el rodaje, de tanta gente preciosa que creyó en nosotros, de otra que con su honesta incredulidad nos hizo meterle más sudor y sangre, de tanta vida puesta en este sueño, de nuestros glóbulos rojos que inmisericordes se atarantan con frenesí por unas venas a punto de estallar, de un corazón que parece pulmón. Después de tanto, íbamos a ver si estos perros ladraban o no.
Y ladraron. La presentación obviamente fue inmaculada, de una perfección abusiva. Al proyector no se le fundió el bombillo, ni tampoco sonó fritanga en ninguno de los parlantes. Terminó, y en medio de los aplausos, el teatro se digirió los casi cuatro minutos y medio de los créditos finales. Prendieron las luces y estábamos subidos en la tarima para las “preguntas y respuestas”.
Al parecer no sólo habían entendido la película, no sólo les intrigaba todo acerca de cómo la hicimos, del visceral trabajo de nuestros actores, de la singular propuesta de fotografía y arte, y de cómo podrían tener una copia de la (de verdad) magistral banda sonora; sino que veían en Carlos la sencillez fulminante de un talento genuino. Muchos abrazos y felicitaciones de un pocotón de gente. Al bajar las escaleras un señor con acento de Brooklyn se me acerca y me dice que él había sido policía toda la vida y que ahora era independent filmmaker (como nosotros) y que estaba en shock por una de las películas más autenticas que había visto en los últimos años y, antes que pudiera evitarlo, se me acercó y me propinó un beso en la mejilla al mejor estilo de El Padrino . Y yo hasta le creo, pues en un acto de locura extrema en un festival con 61 premieres , este señor se repitió Perro come perro al día siguiente, ahí estuve a un tris de devolverle el beso.
Prendimos los celulares y empezaron a sonar de nuevo. Que qué había dicho la crítica, que qué nos habíamos ganado, que si ya nos tomamos la foto con Robert Redford y que mínimo ahora van a celebrar, ¿no? Nosotros íbamos saliendo con calma y de pronto estaban tres personas esperándonos. Con sonrisas relucientes nos dan un abrazo que derritió las miles de toneladas de hielo de Park City. Nos dicen que son colombianos, que habían venido de Salt Lake City, la capital, a ver la película y que los hicimos llenar de orgullo, que estaban muy felices, emocionados y que bendiciones.
Es sábado, en un rato salimos a la ceremonia de premiación a ver qué pasa. Tuvimos en esta semana muchos momentos inolvidables, pero nada superior a los tres o cuatro colombianos que siempre nos encontramos en cada una de las funciones y que con un gesto fraternal nos hicieron sentir, aunque fuera por un ínfimo segundo, que éramos Rincón haciéndole el gol a Alemania.
Se siente bien ver perros colombianos danzando con el Sol.

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