Mami, ¿quiere mango?

Mami, ¿quiere mango?

¿Le han ofrecido “la fruta”, “el dulce”, “el estuche del celular” o “el cigarrillo” en el semáforo?¿Quién no los ha comprado alguna vez? Ah, eso sin hablar de la pinta del vendedor o el acostumbrado “distinguido caballero”, “la dama” o “madre” que hemos interiorizado y de vez en cuando utilizamos con nuestros amigos.

Cuando era niña, las únicas personas que veía vendiendo en las calles, eran los lustrabotas, los heladeros y, por supuesto, las señoras de los chontaduros y mangos viches con sus enormes platones en la cabeza. No obstante, de unos años para acá, veo cada vez más personas en los semáforos vendiendo cosas que uno no esperaría encontrar en las calles sino en un Sanandresito.

En innumerables ocasiones, pasando por cualquier calle de Cali, me encuentro con un rostro que se asoma por la ventanilla y me dice inclemente “Mami, ¿quiere mango?”, mientras muestra el jugoso producto que lleva en sus manos. En muchas de esas ocasiones pensé que era ‘jarto’ decir que no todo el tiempo, o sufrir la angustia que nos hace mover la mano desde bien lejos en señal negativa para evitar que el “intruso” invada nuestro espacio personal. Esa era mi perspectiva de los vendedores ambulantes, un fenómeno tan cotidiano al que todos, sin distingo, nos vemos expuestos a diario.

Admito que me preguntaba, ¿cómo es que trabajan esas personas en semejantes condiciones?… Sin saberlo, el destino me otorgó la oportunidad de averiguarlo. Durante un trabajo académico, en el que tenía que mostrar las alternativas de trabajos formales e informales, decidí ir a un semáforo a documentar lo que sucedía allí.

Al acercarme al lugar, me di cuenta de que son más personas de las que yo misma percibía y luego de mostrar que iba en una actitud amistosa, en lugar de espantarme con un machete se me permitió quedarme en el semáforo en una silla Rimax. Cansada de sólo mirar, decidí dármelas de valiente y pedirles que me dejaran vender. A pesar de las risas que provocó mi pedido, logré que me confiaran varios productos. Si hubiera sabido qué es eso, lo habría pensado dos veces.

Yo, una universitaria acostumbrada a cargar nada más pesado que mis libros, ahora tenía tres bolsas llenas de mangos en cada mano, con un peso aproximado de 10 kilos. Tan pronto como el semáforo se puso en rojo, me arrojé entre la larga fila de autos detrás de mi mentor (el vendedor que me facilitó su mercancía) y me acerqué tímidamente al primero de ellos a ofrecer el apetitoso producto. Dije “Buenas tardes, ¿desea comprar mangos?”. Mala estrategia. Me dijeron que no inmediatamente y no sólo eso, me gané una mala mirada de la ‘señora’ y una sonrisa pícara del ‘señor’.

También vi cómo a medida que caminaba, las personas subían los vidrios de sus autos, los hombres me decían “mamacita, como está de buena” o “si se lo compro, ¿qué me da?” y las mujeres se corrían u ocultaban sus pertenencias por temor a que las fuera a robar. Eso sin contar con el sol en el rostro, la tensión que sentí en los músculos del cuello a causa del peso de las bolsas y la posibilidad de que me atropellara una moto. Mi corta carrera de sólo 25 minutos como vendedora ambulante terminó cuando por fin un buen hombre me compró una de las dichosas bolsitas.

Lo que más me asombró es que a pesar de todas esas dificultades, los vendedores seguían de buen humor, montándosela entre ellos, preparando las cartas para el juego de veintiuna en la tarde y sobre todo, por la libertad de decidir cosas como cuánto invertir, qué vender, cómo hacerlo y hasta qué hora trabajar. La mayoría no cambiaría su trabajo por una oferta laboral distinta donde tuvieran que aguantar un horario, un jefe gritón y estar encerrados a cambio de un salario mínimo.

La verdad, cuando pienso acerca de esta experiencia no me imagino cómo sería que mi familia y su sustento dependiera de una actividad como ésta. Por eso cuando en un semáforo alguien se me acerca y me dice “mami, ¿quiere mango?” yo veo más que eso.

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