MI INDIA

Aclaro que a mí casi nunca me gusta nadie y, de hecho, llevo mucho tiempo sin hacer el acto sexual. Bueno, ¡ya qué, ya lo dije! Estaba muy tranquila con mi vida de idealismos amorosos y frustraciones mentales constantes, hasta hace algo así como tres meses y medio. Yo ya sabía sobre ella porque soy stalker de profesión, de corazón, de pasatiempo ¡y de muchas cosas más! Pero no perturbó mi vida hasta que la vi en persona. Desde ese mismo instante y directamente hasta este momento, en que escribo mi triste historia y usted la lee.

Ella es una india hermosa, de cabello largo, sonrisa perfecta, ojos coquetos y cuerpo de ensueño, por no decirlo de otra forma. En realidad, toda ella es coqueta porque pareciera que cada cosa que hace estuviera encaminada a eso: a enamorar, a provocar malos pensamientos, ¡a obsesionar!

Y yo, por supuesto, soy extremadamente sensible a ese tipo de mujeres y más que nada; infinitamente vulnerable a ella: mi terapeuta. ¿Sabe? Uno tiende mucho (o bueno, por lo menos yo) a pensar que conoce a todo el mundo en este pueblo ¡y qué va a imaginar que todavía le falten personas así! ¡Y que, entre todas las mujeres, haya una aún capaz de enloquecerle!

La última vez que me sentí así fue por Camila, una frustración de 18 años. Ya tiene 22 y yo 26. Cuando sucedió de nuevo, lo reconocí de inmediato. Es que yo estoy medio muerta siempre, pero en el momento en que me enamoro es como si reencarnara en el cuerpo de un tigre ¡de un león! Esa mujer me ha recordado lo fantástico de la vida como cuando alguien lo mira, le habla y le sonríe a uno. Es de esos seres que uno no se cree, que son casi irreales y que saben jugar; perfecta y ácidamente, con las emociones humanas. Porque mi india; naturalmente, maneja a la perfección eso que llaman “malicia indígena”.

Ella es la mejor, pero para manipular. ¿A cuántas tendrá escribiendo por físico desahogo? Aunque creo esa es a menudo mi excusa porque le tengo fobia a quedar en evidencia, a que me descubran, a que sepan qué o quién es relevante para mí. Y ella, querido lector, ella me importa. Desde que la conocí, no ha pasado un día en que no la piense. Finjo mucho frente a la gente, como si no me importara, pero todas las noches me duermo en un paraíso imaginario en el que sucede todo con ella.

Mi india lo sabe, pero al mismo tiempo desconoce más de la mitad de lo que siento. Sabe que me gusta, pero no que me encanta; que le coqueteo, pero no que sufro; que la invito a salir, pero no que la sueño. Ella no sabe nada porque la palabra “trascendental” no tiene cabida en su manera de actuar. A veces habla tanto. Otras, me confunde. Hay días en que, para variar, la realidad viene y me estrella. Fijarme en ella ha sido como subirme a una montaña rusa y sin darle un solo beso.

Es por eso que, de todos los tipos de malicia indígena, el de ella es el que más odio porque me altera. Pero, lo amo porque ha derretido el témpano de hielo que habitaba en mí. Y adiós, me voy a buscarla antes que se me pierda otra vez.

Escrito por: Lorena Arana

Ilustración: Tatiana Figueroa

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