Miércoles de Striptease

Miércoles de Striptease

Foto: www.elpais.com.co - Reportaje 360

Por fetichistas y lujuriosos. Por salir de la rutina de la cama propia y saciar la curiosidad por un cuerpo ajeno y, lo mejor, un cuerpo fácil. Nos gusta el striptease porque nos fascina ver mujeres desnudas, porque de vez en cuando nos atrae el submundo y porque a estas mujeres se les puede dar palmaditas en el trasero a cuero limpio.

El escritor Santiago Gamboa decía que si no existieran las putas tendríamos que suprimir como el cincuenta por ciento de la poesía y el arte. “Es difícil dar con un poeta que no haya sido putañero o burdelesco”, decía. Y es verdad. La lista de los colombianos podría ser encabezada por León de Greiff, García Márquez, Barba Jacob y seguir nombrando escritores, incluyendo al propio Gamboa, hasta el final de la crónica. Es paradójico que, mientras a los poetas les encantan las putas, lo cierto es que para la mayoría de estas mujeres su oficio resulta un trabajo de perros.

Es miércoles, son las ocho de la noche y el grill La Barra Ejecutiva, está casi vacío, a no ser por cinco tipos solitarios y una docena de chicas en minifalda que vagan por las mesas. Hoy es un mal día para ellas. En el local suena una salsa: Es Mark Antony. En pleno centro de Medellín, el lugar es como cualquier striptease: música estridente, luz roja y una tarima con esqueleto de barras plateadas. Este sector de la ciudad es uno de los más peligrosos. Una cuadra abajo hay cantinas herrumbrosas, burdeles sucios, residencias de mala muerte, niñas de la calle, plazas de vicio, gamines, travestis y cacorros. Todo lo más sórdido de Medellín.

La salsa deja de sonar y retumba una música discotequera. El discjokey anuncia: “Con ustedes, caballeros, Andrea en la pasarela”.

Sube a la tarima una muchacha delgada con un babydoll negro y tacones puntilla. Sus piernas están enfundadas en medias de malla hasta la mitad de los muslos―, “¡disfruténla¡¾dice el Dj¾ y se prepara Claudia, otro pastelito para la  noche”.

Sin querer estoy moviendo la cabeza al ritmo de la música disco. Andrea es blanca y se contonea yendo de un lado a otro de la tarima. Desde mi puesto, pegado de la pasarela, levanto los ojos para mirarle el trasero.

Luego de unos minutos, la música cambia. Ahora suena una balada ochentera y Andrea se va para el extremo más iluminado de la tarima. Esforzándose por parecer sexy, se quita el brasier y luego la tanga. Sus pezones son rosados como carne de salmón. Quítele a una mujer lo que quiera, pero déjele los tacones y el liguero. ¡Andrea se ve maravillosa! A medio metro de mi nariz, Andrea se pone en cuatro, me ofrece el trasero y veo cómo revuelve sus carnes temblorosas. Sus porciones son como manzanas. Provoca morderlas. Andrea se acuesta, gira y me enseña a sangre fría su sexo lampiño. Todo desaparece para mí. Las mesas, los hombres, la música, las calles, Medellín, el mundo entero ya no tiene sentido, y ahora sólo existen esas pequeñas y rosadas cortinas verticales.  Con gran esfuerzo levanto el rostro para mirar los ojos de Andrea. Su mirada es fría. Incluso, parece que me odia. De golpe, vuelo a la realidad. Andrea no lo está disfrutando. Baila y se toca el cuerpo como tocando cualquier cosa. Tiene el sexo seco. Me decepciono y tomo un trago de cerveza. Guillermo, un amigo putañero, alguna vez me dijo que: “a las putas se les mira el culo, pero nunca los ojos.”

Recuerdo que estoy allí para contar lo que veo. Entonces miro a los clientes.  Andrea se arrastra por la tarima como una pantera y exhibe su sexo sin pudor a otros ojos. Aunque a lo largo de mi vida he tomado sólo un par de cervezas en estos negocios, nunca he pagado por sexo. La balada sigue sonando duro. Los tipos miran ganosos. Sus ojos son prolongaciones de las manos, palpando, tentando cada porción de la carne de Andrea. Mi vecino se frota el rostro con energía. Está ansioso. La chica le desata ese feroz animal interior que quiere morder carne, lamer cuello, amasar piernas, chupar, empujar, apretar y reventar. Estas mujeres explotan la lujuria, para su provecho, y para el nuestro. Quizás si nuestras novias fueran tan lujuriosas como nosotros, no tendríamos nada qué hacer allí. El dicho popular es cierto: “Nada como una señorita en la sala, pero bien puta en la cama”. Alguna vez, una amiga me dijo que en el fondo todas las mujeres son unas putas, pero el miedo y la vergüenza las reprimen. Josefina, en una violenta diatriba contra los hombres que van donde las putas, confesó que lo que más la irritaba de un putañero es que le estaba dando a ella el lugar de santa. “Y yo, que cada tanto sueño con ser puta pero soy periodista, no me lo merezco”, concluye Josefina.

El show acaba y Andrea recoge sus trapitos, baja de la tarima y en las escalas se viste. La escena me parece más seductora que la anterior: Una mujer en tacones resbala por sus muslos una tanga negra y se ajusta un triángulo negro donde no hay triángulo negro. Andrea se pone los calzones de manera natural, sin el falso erotismo con que se los quitó. En la naturalidad está la seducción. El verdadero arte de Andrea no es quitarse la ropa, sino ponérsela.

La noche sigue con pocas variaciones. La serie de chicas que se empelotan en la tarima hace casi los mismos numeritos de Andrea y luego recorren las mesas pidiendo una colaboración. Para variar, le pido una chica que se siente conmigo. Es una mezcla de niña-puta, aunque sé que no es tan niña. Es un truco de la oscuridad. Tomamos cerveza. Le pregunto cuánto vale “el cuadre”.

Para usted, papi, vale ochenta mil.

Me doy un trago largo de cerveza. Sé que está cobrando según el marrano. Lo normal son sesenta, incluido el preservativo y la pieza.

Muy rápido, el asunto me aburre. Termino con la cerveza y me voy. Nunca he pagado por sexo y esta noche no será  la primera vez.

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