No me vengás con esas

No me vengás con esas

Fotografía: Carlos Santhos - EL CLAVO

Cuando reseñamos la curiosa y misteriosa mirada de otros, intentamos definir, “¿Qué estará pensando éste, o aquel, o la pelada, o la señora de al lado?”. Nos desbocamos en conjeturas malintencionadas, siempre criticando, y alimentándonos de morbo y picardía, rayando la hoja de vida que construimos en nuestra masa cerebral para referenciar a nuestro prójimo. ¿Cómo es posible que seamos tan osados y reparemos en las particularidades de otros? cosas que por simple malicia indígena creemos verídicas; ¡Eh Ave María!, siempre con la psicología popular por delante. 

Un día salí de casa, y me apresuré para abordar la ruta de trasporte que me arrimaría hasta la universidad, y me encontré con la grata sorpresa de que el busecillo, iba totalmente lleno, “taquiao” de gente, – parceros, sólo faltaba gente amarrada en la parte exterior del vehículo, y me dediqué como buen parroquiano, a criticar y reescribir la lista de conflictos que se evidencian en los cómicos gestos de aquellas personas; bueno, además de eso, me puse bien pilo a escuchar todas y cada una de las conversaciones, donde el factor común, resultó ser una extensa gama de miedos y prejuicios, excentricidades chistosas, aunque también había algunas que dejaban mucho para la imaginación. 

Temores persistentes, algo exagerados, excesivos y de origen irracional, mejor dicho casos que  lo cuestionan a uno. Oí la conversación de una señora que hablaba por celular, y comentaba que la noche anterior estaba pegada del techo porque pensó que a su marido se le fundían los motores, se le acababa la energía en medio del acto sexual, ella se timbró porque sentía que el miembro viril de su compañero se volvía  pequeño y blandito, una posible medumalacúfoba. También rescato la conversación entre dos ancianas, una un poco más joven que la otra, infiero que habría una diferencia de cuatro meses entre ellas, chismoseaban o más bien rajaban sobre la forma de manejar del conductor, este par de viejas sólo quéjense y quéjense, exteriorizando su pánico a los accidentes, a lo que podríamos llamar, un caso de distiquifobía. En fin, me la pasé curioseando en las inmediaciones del estrecho bus, sumergiéndome en una profunda reflexión, todos o la gran mayoría de nosotros, poseemos ataduras tan raras que quedamos perplejos ante las traumáticas y limitantes fobias que se regurgitan en nuestra vida, tal y como lo hace la crema sobre un pastel. 

Odios, negaciones o rechazos exagerados a situaciones u objetos particulares, variaciones de un trastorno emocional o alguna maña justificada. Tanto que hablo y presumo, cuando yo soy el más gallina y fóbico, cada vez que un insecto me sorprende en la cocina, yo salgo saltando y gritando como una niñita, mi ritmo cardiaco aumenta e inmediatamente inicio una risita pendeja-nerviosa que me posiciona como el más cobarde y perturbado de los entomofobos. También les cuento de la fobia tan hijuepuerca que les tengo a dos hombres en una bicicleta. Más me demoro en verlos, que en salir corriendo o cruzar la calle, quizá por el miedo a perder mis pertenencias, aunque allí habría un juego entre prevención y fobia.

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