“No quiero que vayas a pensar mal de mí”

“No quiero que vayas a pensar mal de mí”

Después de ese tsunami hormonal todavía tenía su sabor en mi boca y la sentía en las yemas de mis dedos.

Foto: Roberto Arias - EL CLAVO

Podía ver las pecas en sus hombros, en donde su cabello no las cubría. Podía intentar contarlas. Podía intentar contarlas, así como también podría intentar contar las estrellas que titilaban en el cielo. Pero ¿qué ganaría con tener una cifra concreta? ¿Qué ganaría con saber que ella tiene un número primo de pecas?

Ella alcanzó un cigarrillo y su celular. Se tomó el tiempo necesario para encender el cigarrillo y prefirió no encender su celular. Se volvió a acostar, allí, a mi lado. Apoyando su cabeza en mi hombro. Estaba tan cerca que podía escuchar como se quemaba su cigarrillo. Podía sentir su corazón palpitar después de este tsunami hormonal que había recorrido y machacado nuestros cuerpos. El humo no me incomodaba porque en este momento estaba sobrecargado de ella. Tenía su sabor en mi boca. La sentía todavía en las yemas de mis dedos.

No importaba dónde estábamos ni qué horas eran. Sólo existíamos los dos. Y lo último que quería era definir mi situación espacio temporal. Nadie más nos importaba. Ella ya no era la persona que yo había conocido antes. Tampoco yo era el mismo.

El cigarrillo terminó de arder. Fue entonces cuando ella pronunció esa frase a la cual de verdad nunca he sabido responder de manera adecuada. Una frase que de todas maneras me gusta que una mujer la pronuncie porque implica honestidad. Una frase que tampoco es agradable de escuchar pues tiene el peso de la culpa. “No quiero que vayas a pensar mal de mí“.

Uno puede incluso pensar en no responder, pero esa es quizás la peor opción debido a el silencio que queda flotando entre los dos. Y es un silencio que no da la impresión de distancia o de vacío. Es un silencio frío. Es como si simplemente se hubiera evaporado mi capacidad para contestarle. No puedo hacer un comentario gracioso o mentirle o serle sincero.

Y es que en este momento no tengo espacio en mi cabeza para algo distinto a esa frase que puede escribirse en la parte de atrás de un bus, ser parte de un vallenato o utilizarse como mensaje personal en el messenger. El tipo de frase que puede decirle uno con toda la frescura y autoridad del caso a su mejor amigo en un momento difícil. El tipo de mentira que uno mismo puede contarse y creerse. La frase que puede ser absolutamente cierta o puede ser completamente falsa.

Así que por fin dentro de mi cabeza encuentro la respuesta precisa para esa frase. La beso. La beso muy, muy lentamente. Porque es que a la larga “un clavo saca otro clavo“…

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