No tenemos baño

No tenemos baño

Fotografía: Stefania Mera

Viajar es el encuentro acertado con el otro que llevamos dentro,uno de los encantos que tiene la literatura: viajar sin salir de tu habitación. Uno de mis hobbies. Uno de mis deseos de adulto irresponsable.Me he conocido a mi mismo en las dificultades que en el camino resultan. He visto paisajes majestuosos y he disfrutado de compañías divertidas. He conocido un poco a Colombia paseando por ella.

El primer viaje que realicé fuera de la biblioteca lo hice con toda mi familia. Un domingo de río y olla. Tradición familiar que se ha ido perdiendo por otros espacios más asépticos. Apenas si llegaba a mis diez años de edad. Viajamos fuera de la ciudad en un Renault cuatro que funcionaba con una pila… de gente detrás empujándolo.

Después de un recorrido sin contrariedades, llegamos a un majestuoso lugar. Toda la belleza del campo colombiano,todo el color de sus montañas,todo el perfume de sus flores, el sonido tranquilizador del agua corriendo, el recuerdo del filósofo.

El perico con pandebono y buñuelo del desayuno, el mecato del camino, el sancocho del almuerzo, el aguacate. El retorcijón. Y la clarividencia, tengo ganas de hacer popó. Era claro, no tenía porqué existir duda. Un pedacito profundo, adelante del charco en el que estábamos y listo. Se acabó. A seguir bañando. Pero no. Yo no podía. Yo no era de esos. Yo apenas si podía hacerlo en el baño de mi casa. Ahora, pelarme y defecar en medio de la familia. Con un pez asechando: nunca.

Estábamos a media hora del pueblo más cercano. Arrancamos: mi santa mamá y yo. Clamando por una carretera libre y un baño medio limpio. Llegamos a la primera panadería del lugar. Señora, por favor, me presta el baño,gime mi voz infantil y mis ojos enrojecidos por el esfuerzo. No tenemos baño, responde mecánicamente. Ah pobrecitos no tienen dónde hacer chichí, dije. Un par de casas después había un restaurante;éste sí es el lugar, hasta su nombre lo decía: La Amistad. Pero para mi total sorpresa la respuesta a mi súplica fue idéntica. No tenemos baño. Quizá estaba condenado por el destino o quizá había llegado al pueblo de la gracia divina.

Entré a una tienda de mala muerte. Con piso de madera crujiente, alacenas vacías, telarañas en el techo y toneladas de polvo por doquier. Un anciano mala caroso, de ojos grandes y tirantes sobre su camisa, con pasos de dinosauro se acercó a nosotros. Señor, me alquila el baño. Son mil pesos, no se demore, lo dijo como un orden marcial. Escuchar el regaño me llenó de una paz indescriptible.Era como si todo lo vivido fuera una prueba del destino.

Deposité todo mi interior en aquel lugar. Un baño tan pequeño que apenas si cabía. Con un calor insoportable. Terminé y un suspiro cerróel pacto inconfundible, el eterno dicho popular que no hay nada como… deshacerse de lo innecesario. Al momento de limpiarme, nuevamente el horror.

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