Nonus

Nonus

Ilustración: Pepa - EL CLAVO

Nonus fue bautizado a propósito. Su padre, un intelectual de dos pesos, consideraba que los grandes personajes de la cultura existían en los anales históricos gracias a un buen nombre, a uno en particular que diera sensación de conocimiento. Y qué mejor que ese. A su madre nunca la conoció.
Nonus creció en medio de la literatura, de la historia y de la poesía. Con tan sólo ocho años recitaba casi de memoria a Racine, a Víctor Hugo, a Sófocles, a Wilde, a Hegel, a Kant, a Braudel, entre muchos otros. No los entendía. Realmente los odiaba. Los imaginaba en sus sueños colgando de un árbol con los ojos desorbitados. A medio morir, como marranos en fin de año, le rogaban que les permitiera seguir vivos, que fresco, que ellos ya no lo acosaban más con sus frases incomprensibles, que listo, que ellos mejor jugaban con él y se meterían a comer chitos y boliquesos en la piscina los sábados y fundirían los bombillos simulando una discoteca cuando papá no estuviera, y le harían arrugas a los cuadernos del colegio y se ensuciarían y le dejarían despeinarse y sacarse la camisa y anudarse el saco a la cintura. Pero Nonus despertaba todas las mañanas. Abría sus ojos verdes, miraba el techo atosigado de afiches de quienes había soñado en agonía y lloraba. Lloraba por él, lloraba por Nonus. Lloraba por su amado padre y su madre muerta.
Cuando cesaba el llanto tocaba quedamente con los dedos sus encías ensangrentadas. El dolor del innecesario tratamiento de ortodoncia lo acosaba e intentaba, sin resultado, calmar un poco la molestia con la lengua antes de ponerse los cauchitos dentro de la boca a pesar del dolor en la mandíbula. Su padre le había dicho siempre que esa chatarra en los dientes le daba énfasis a su imagen, al igual que el exceso de gel en el cabello corto atrás y largo en frente, igual que todos los puntitos pintados en la piel simulando acné o varicela. Nonus le creía.
“¡Saque giba! ¡Póngase las gafas así no las necesite! ¡Hable bajito! ¡Pasito! ¡No! ¡Así no! ¡Gangoso! ¡Como si hablara con la nariz tapada!”.
Nonus iba al colegio. Nonus estudiaba fuertemente. Nonus era el mejor de su clase excepto en deporte, pues no corría nada bien debido a las piedritas que su padre le ponía en las medias y que los demás ignoraban que estaban ahí. No se las sacaba por vergüenza, pues en casa no le dejaban usar talco para los pies previendo precisamente que un día decidiera quitárselas. Además, su gripa eterna y su agitación constante por la falta de vidrio en las ventanas del cuarto, lo obligaban a usar un inhalador a cada momento.
Se graduó con honores y, atacado por bolitas de papel que sus compañeros le lanzaban y que habían encontrado en una bolsa tirada en el piso puesta muy en la madrugada por su padre, subió al estrado y abucheado recibió su diploma de bachiller.
Estudió en la universidad y se graduó también con honores. Pero esta vez no hubo bolitas de papel. Lo aplaudieron, le gritaron cuando subió por su diploma “Nonus Noñus Ñoñus Ñoño”. Lo felicitaron sus maestros y su padre y por primera vez desde que se le conoció, sonrió. Después de la ceremonia, nadie lo invitó a la fiesta.
Nonus trabajó asistiendo a muchos jefes que nunca recordaron su nombre. Cumplió muchos años de vida simple y monótona y continuó leyendo y releyendo sus odiados libros. Nunca tuvo un televisor o un radio siquiera y cuando él tenía casi cincuenta años su padre murió de un infarto. No dio tiempo de nada. Lo lloró, lo lloró todos los días pues sabía que su vida entera se la debía a él. Y así nada más, pasó el tiempo y con él la vida. Nonus se hizo viejo y un día, solo en su cama sencilla, durmió para siempre y murió feliz llorando la memoria de su padre.

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