Parce, lo popular es bien

Parce, lo popular es bien

 

El lado menos elegante de lo popular es el de todos los días: “Buenos días damas y caballeros, con el permiso del señor conductor y el respeto que cada uno de ustedes se merece, he pasado por cada uno de sus puestos para darles a conocer este rico y delicioso producto por un precio y un valor de $200 la unidad; para su mayor economía lleve los tres en $500. Agradezco a la dama o el caballero de buen corazón que me desee colaborar con mi trabajo”.

La cultura diaria de lo popular, las manifestaciones verbales y tangibles que no son otra cosa que el estilo. Apropiarse de lo de acá, aceptar que se le quiere y decir con orgullo “¡Qué bueno esto, parce!”. Por más pinchados que pretendamos ser, siempre tenemos “el guardado”, “el algo”, “la cosa” que sólo compartimos con el ‘parche’: la ida al río, la fritanguita sabrosa, la partida de billar con unas Poker, el sancocho de leña, la bandeja paisa con chicharrón de 10 patas, la recocha con los amigos, la bolsita de rayas azules y blancas, los parrandones vallenatos y las rancheras.

Y qué decir de aquellos objetos que cada cierto tiempo resucitan e invaden todo. Tal es el caso de los juguetes de antaño que no necesitan pilas: el valero, las bolas y bolonchos, el trompo y los yo-yos, todos estos manejados a la perfección por generaciones de colombianos.Incluso el lado glamoroso de lo popular (Pop Music, Pop Art, Pop Corn), que asociamos con lo exclusivo (los jeans, Nirvana, el jazz) siempre ha venido del pueblo. Lo popular funciona, vende y se queda, para bien y para mal, en la historia y en la memoria reforzada por los medios.

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