¿Pirata según quién?

¿Pirata según quién?

Foto: Ernes Ortíz - EL CLAVO

Una cosa es un muñeco ‘chiviado’, una prenda de vestir imitación X marca, un DVD ‘quemado’… sabemos bien que son piratas. Pero un día un señor cualquiera va a comprar una hierba utilizada en su país durante siglos para ganar vitalidad sexual, y se encuentra con que hay una versión original y una pirata. Otro día, en otro lugar, una mujer descubre que recoger el agua de la lluvia es ilegal en su población a partir de ese momento. Al mismo tiempo, una multinacional farmacéutica se enfrenta con el gobierno de algún país en vía de desarrollo, pues considera que producir allí un medicamento para tratar la leucemia es piratería descarada. ¿Te parece absurdo?

La compañía gringa PureWorld Botanicals Inc. tiene la patente sobre una hierba llamada maca, utilizada en Perú tradicionalmente para dar energía y mejorar el rendimiento sexual. En Cochabamba (Bolivia) una empresa privada patentó el agua, de modo que nadie podía usarla e incluso beberla sin pagar primero por ello —sobra decir que la gente armó una revuelta tenaz y hasta ahí le llegó el chiste a la empresa— . A principios de este año, la farmacéutica suiza Novartis se enfrentó en los tribunales con el gobierno de India, pues este país fabrica la versión genérica de Glivec, una medicina para cierto tipo de leucemia. Vistos estos ejemplos, definir qué o quién es el pirata es un toque más difícil que diferenciar entre unos tenis Adidas y unos Adibas.

Mientras para las empresas farmacéuticas fabricar un medicamento genérico a precios asequibles para los más pobres atenta contra sus intereses económicos —aunque intenten disfrazarlos con argumentos a favor de la propiedad intelectual y el fomento a la investigación— , las tribus indígenas que cultivan hierbas medicinales podrían hablar de la biopiratería, que se da cuando investigadores o empresas privadas se apropian de conocimientos ancestrales, patentándolos como suyos con el fin de explotarlos y ganar mucho dinero.

Por otro lado, hay ejemplos menos trascendentales en donde tampoco está claro de qué lado está la piratería. Es lo que sucede en nuestro país con los ‘mototaxis’, o con los personajes que encontramos a la salida de cualquier centro comercial revendiendo “minutos a celular”. Las compañías dueñas de taxis o las empresas de celulares ya se la montaron a quienes se han ingeniado esas maneras de ganarse la vida. La razón: les quitan clientes y billete.

Todo esto lleva a cuestionarse quién se inventó qué era pirata y por qué. Hace varios siglos, los corsarios disfrutaban de la Patente de Corso , que no era otra cosa que un permiso conferido por los gobiernos de Inglaterra y Francia para robar y saquear los galeones españoles. Hoy en día, vemos cómo las patentes en algunos casos siguen siendo una suerte de permiso para robar y saquear la diversidad biológica y étnica de países pobres, y para enriquecerse a costa de sus habitantes cuando se enfermen. Mientras tanto, gremios como los de los taxistas o las compañías de telecomunicaciones, se esfuerzan por obtener “patentes” que protejan su trabajo y sus ingresos respectivamente.

Cuando se habla de piratería es mejor abrir bien los ojos, pues siempre hay que mirar cuáles son los intereses económicos que están detrás de cada posición, y quiénes se verían afectados o beneficiados por ‘la chiviada’ de un producto. Como siempre, no se puede esperar que los millonarios y los hambrientos se pongan fácilmente de acuerdo, por eso siempre alguno de los dos bandos será un pirata.

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