Pobre de mí

Pobre de mí

Fotografía: Caroline Barberis - www.flickr.com/photos/adustyfairytale/

Entra sin pedir permiso, se va sentando en el sofá de la casa mientras me dice “Felipe, tan grande que estás ¿Qué te están dando?”.Alimento para pollos”, digo con desgana siempre que algún estúpido me pregunta por mi metro noventa de estatura. Cecilia viene casi todos los viernes a visitar a mi mamá, por lo general en horario de oficina, y por supuesto le digo que mi mamá no demora en llegar y ella dice “ah bueno mijo, yo la espero”; armado pues de paciencia, y de esos supuestos modales que me han inculcado, le hago compañía en la sala. Empieza pues, a relatarme tortuosas crónicas reales de su diario vivir, tales como su superación de un malévolo cáncer, y las sospechas de uno que se le empieza a gestar cerca al seno derecho. “Gracias a las oraciones de su mamá, Felipito”. Claro, ya me ando acostumbrando a las locas del grupo de oración que mi mamá a veces trae a la casa. He de soportar cuando empiezan a quemar su sahumerio y el humo se cuela a mi habitación y adiós paz.

Pero Cecilia es, en proporción, diez veces más intensa que todas las histéricas que frecuentan a mi madre. Siempre le viene a contar sobre las peleas con su novio “la última vez me pego, doña, pobre de mí” y cosas por el estilo que me producen la sensación de mosquita muerta. Además, debe afrontar muchos problemas: el divorcio de sus padres, repentinos dolores de hígado y esporádicos periodos de depresión causados por el hambre en el mundo y el existencialismo barato.

Le digo a mamá, con frecuencia: Cecilia te miente, todo el tiempo lo hace; se le ve en la cara mami. Entonces me mira con cara de lastima, pobrecito mi niño descarriado y entonces dejo el tema así porque si no empieza a evangelizarme.

Ese día (ninguno en particular, todos los viernes se repite la misma escena patética), después de hablar ñola con Cecilia por media hora, mi madre llegó. Inmediatamente entró por la puerta y nos saludó, a Cecilia le comenzó un dolor de cabeza refuerte. Doña, mire como tengo de brotada esta vena –se señala la sien – ¿usted qué cree. Mi mamá, la atiende con gusto, le dice calma  mijita, debe ser el estrés, no se ponga a pensar en problemas y venga oremos. Y a mí me dan ganas de vomitar;  el novio de Cecilia, es un tipejo que perfectamente puede estar nominado a monigote del año. Un día lo llevó, supuestamente, tenía un talento increíble para el ajedrez, intentó jugar una partida conmigo, y, como buen nerd, lo mandé a limpiar mis zapatos en cuatro jugadas.

Cecilia y sus dolores, malestares, pensamientos, todos eran falsos. Ella es de las que crea un mundo fantasioso a su alrededor, que intenta escudarse a través de mentiras que va tejiendo para enmascararse en un ambiente menos hostil, donde no se está tan propenso al peligro. Mi mamá se dio cuenta finalmente de las mentiras de Cecilia un día cualquiera y como dicen muchos “por la boca murió el pez”: ni cáncer, ni dolores, ni golpes ni existencialismo, sólo un leve trastorno emocional, medicado años atrás y descontinuado debido a los escasos momentos de lucidez en los que Cecilia aparentaba ser normal, y de los cuales dedicaba gran parte a hacerme la vida más neurótica con su presencia en mi casa los viernes por la tarde.

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