¡Que San Google me ampare y me favorezca!

¡Que San Google me ampare y me favorezca!

Cuando te quedas sin conexión empiezas a ver a tu computador como un adorno de mesa tan inútil como la bailarina de porcelana que tanto le gusta a tu abuelita.

Un día te levantas y entras al Messenger para concretar el levante del fin de semana pero no se conecta. Piensas entonces en ver qué hay de nuevo en esa interesantísima y trascendental discusión en tu blog favorito sobre el papel de los ex novios en la vida emocional de las hembritas. Pero para tu consternación, Google Reader, la página que usas para mantenerte al tanto de lo nuevo en los sitios que te interesan, no abre. “Bueno, no es para tanto”, te dices mientras decides aprovechar mejor el tiempo viendo qué comentarios han dejado tus amigos en la última entrada que publicaste en tus blogs pero… ¡oh sorpresa! Tanto Blogspot como WordPress parecen fuera de servicio. La cosa ya se va poniendo color de hormiga, pero te dices que es una señal de arriba para que en lugar de andar perdiendo el tiempo te pongas a escribir el trabajo que tienes que entregar el lunes. Con aire decidido abres tu correo y esperas a que bajen tus mensajes con las indicaciones de la profesora pero nada. ¡Ni siquiera un correo basura! Para este momento tu respiración estará agitada, o por lo menos estarás viendo a tu computador como un adorno de mesa tan inútil como la bailarina de porcelana que tanto le gusta a tu abuelita.

Lo cierto es que cada vez dependemos más profundamente de Internet para tener acceso a los recursos que mueven nuestra vida cotidiana. Hay quienes incluso ven su vida sexual correr peligro si no pueden chatear, o que ante cualquier duda se dirigen a San Google, que todo lo sabe, o consultan lo que Wikipedia dice sobre el tema. Esto ha traído agilidad en las consultas, pero también falta de verificación y de reflexión sobre lo que se va a encontrando por el afán. Ya nadie considera viable entrar a una Hemeroteca a consultar expertos citados en revistas indexadas; es preferible esperar hasta que haya conexión otra vez, no importa si eso implique demorar una semana un trabajo porque la excusa es perfecta: “¡es que no tenía Internet!”.

Esto no sólo afecta a los estudiantes. Una de las grandes oportunidades de desarrollo económico para los países pobres es justamente el mercado de los servicios prestados a través de Internet. Países como la India o Colombia no cuentan con una amplia infraestructura vial (como por ejemplo la red ferroviaria o de carreteras de los gringos), que le permita explotar eficientemente recursos naturales o producir manufacturas a un ritmo y volumen que resulte competitivo frente a los chinos. Lo que sí nos podría sacar de pobres es prestar a los países ricos servicios como los de atención telefónica de sus clientes a través de la red, soporte técnico y desarrollo de software para portales internacionales y en general todo lo que permita sacar provecho del talento humano local sin importar lo difícil de la geografía o la capacidad industrial.

Pero todos estos trabajos quedan en veremos si no se puede contar con un acceso confiable a la red, lo cual se evidenció en diciembre de 2006 con la ruptura de Arcos, el cable submarino que transporta el 60% de nuestra conexión a Internet. Por varios días quedamos como el ternero, ‘mamando’, o tuvimos que recurrir a artilugios de la edad de piedra como llamar por teléfono en lugar de Skype o desempolvar la agenda de papel para buscar a nuestros contactos. Telefónica de España dice que va a instalar un cuarto cable submarino (SAM 1) a mediados de 2007 que aumentará en 50% nuestra capacidad de conexión a Internet y nuestras posibilidades de permanecer conectados aunque fallen otros canales. Aún así, la lección que muchos aprendimos es que más vale cargar una ‘palm’ de papel armada con un Kilométrico y tener copias locales de respaldo de esa parte de nuestras vidas que tenemos regada por ahí, en la red.

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