Radio buseta

Radio buseta

¿Quién, por muy culto o moderno que se crea, nunca ha tarareado un vallenato en su vida? ¿Quién, mirando a los ojos y con la manito en el corazón como el Presidente, puede negar que ha cantado por lo menos el coro de una ranchera estando borracho? ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo moviendo los hombros inconscientemente al ritmo de un reggaeton? No sea hipócrita diciendo que usted, que “¡qué boleta!”, porque todos los que hemos montado en bus al menos una vez en la vida, sabemos que aunque no lo queramos, la música popular va a ser parte de nosotros para siempre.

Mi trauma comenzó en la infancia. Al igual que todo niño de mi generación, me crié escuchando la música que escuchaban los grandes en mi casa: la de las emisoras de ‘plancha’ (entiéndase “vieja Nueva Ola”) que sintonizaba mi mamá, o la ocasional emisora tropical que la empleada ponía a escondidas.Sin embargo, mi verdadera educación musical arrancó cuando empecé a montar en bus. Allí, el típico conductor no parece consciente de estar prestando un servicio; más bien cree que anda en su carro particular, no sólo por la decoración sino también por su sofisticado sistema de audio que, sin importar dónde nos sentemos, nos lleva nítidamente toda la música que a él le gusta. El daño está hecho: Olimpo Cárdenas, Rey Ruiz, Marbelle, Galy Galeano y Darío Gómez ahora hacen compañía en mi imaginario a Billy Pontoni, Roberto Carlos y Nino Bravo.

Mientras tuve walkman, me rebelé: sólo escuchaba rock duro o música clásica, por lo que mi contacto con lo tropical se volvió inexistente, al menos conscientemente. Cuando lo perdí, volví a quedar como el resto de los pasajeros a merced de los niños que se suben a rapear, los serenateros que cantan boleros, los indígenas que cantan música andina o el locutor favorito del conductor. Obviamente entre nosotros no faltaba el que coreara el “titicó, titicó, titicó, co có” de la emisora visiblemente emocionado, a pleno pulmón y usando la baranda como campana, pero la gran mayoría simplemente llevábamos la cara de resignación propia de quien va a clase de 7:00 a.m.

Con el paso del tiempo, me volví más sensible a la música popular. Aunque ni mis amigos ni yo la buscáramos en la casa ni estuviéramos pendientes del último disco, en los buses fuimos acostumbrando el oído al ritmo propio de la salsa, a las letras del vallenato y a la cadencia del merengue. Ahora ya no concibo una noche de rumba sin bailar por lo menos una tandita de ‘salsa heavy’ al ritmo de Fruko y sus Tesos, o morirme de la risa con la picardía de la música de carrilera o los lugares comunes de la ‘salsa porno’. Al final de la noche, cuando ya todo el mundo está más que ‘prendido’, encontramos una excusa en las rancheras y el vallenato para cantar, para expresar nuestra alegría o desahogar algún despecho.

Actualmente no tengo ni idea de qué es lo que sacan los salseros, vallenateros, meregueros o reggaetoneros en su último CD, por lo que creía que si en una rumba ponen algo medio bailable no voy a dar pie con bola. Cuando estoy en medio de la pista y es evidente que la larguísima tanda de electrónica ha llegado a su fin, temo lo peor: lo siguiente que va a sonar tiene que ser algo tropicalongo y de lo cual no tengo ni idea. Con los ojos cerrados (con párpado apretado y que tal) espero que la tierra se abra y me trague. Sin embargo empiezo a reconocer “Atrévete te, salte del clóset, destápate (…) qué importa si te gusta Cold Play, qué importa si te gusta Green Day, levántate, ponte jaipel”, y con el patrocinio de los buses urbanos, me gozo ese reggaeton como si lo hubiera escuchado toda la vida.

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