Sin automóvil ni pío

Sin automóvil ni pío

Ilustración: Yamore - El Clavo

Después de leer esto, el 50% de mis contactos masculinos de Facebook me va a dejar de querer, porque voy a arrancar hablando mal de ellos.

Todos son hombrecitos que, por lo menos una vez en sus vidas, han llegado a la puerta de mi casa para sacarme a dar un paseo, llegan en sus carros último modelo, limpiecitos ellos y los carros, oliendo a nuevo y bien brilladitos. Los paseos casi siempre son a restaurantes, porque me gusta comer más que cualquier otra cosa en la vida, y porque a ellos parece que tampoco se les ocurre nada mejor. Son finos, ellos y los restaurantes, bien acomodaditos, llenos de detalles (inscripciones por aquí, bordados por allá, relojes carísimos), comida rica pero sin mucho corazón y claro, orgullosos de su cojinería.

Según (lo que les entiendo a) los teóricos que explican el papel de los carros en las películas de gangsters , el automóvil es una prolongación del pene. Es una prolongación no física sino sensorial, lo que significa que el aparato no se convierte en la punta del pipí, ni en esa pulgada que hace falta, sino que la posesión del vehículo produce algo muy parecido a la excitación y seguridad de tener unos cuantos centímetros más, grosor y efectividad.

Así entiendo yo también lo que les pasa a mis amigos con los carros. Ellos que viven tan pendientes de la pulida, la aspirada, el cambio de aceite, la lavada, la lluvia y la nueva lavada después de la lluvia. Ojalá mantuvieran tan limpio su falo orgánico como el mecánico.

Un buen restaurante (comida rica, discreta atención y precios exorbitantes) se reconoce por los carros que se parquean alrededor; también por las mujeres, que los gangsters quieren para toda la vida (he descubierto que ya no soy una de esas). A los hombres los reconozco por el restaurante al que me llevan y el carro en que me recogen.

Los primeros, de los que ya hablé, me parecen demasiado sosos; con ellos es difícil que ocurra algo interesante. Después de entrar en mucha confianza, una confesión íntima puede revelarte su preocupación por la plata… que ya no rinde, que qué vaina… y tú preguntas, complaciente aparente mujer de gangster : “¿Qué pasa? Si ganas tan bien, si tienes tan buen cargo en tan reconocida compañía y tantos centímetros cúbicos en ese hermoso motor, además de no tener hijos ni mujer para mantener… ¿en qué te estás gastando la plata? ” “Eh… pues… estoy pagando un resto en la cuota del carro… ”. ¡Mierda! Esa es la cosa más impactante que un tipo de éstos puede decir.

Los segundos son los que le ponen luces azules al carro o rines que giran para atrás; y de esos ni voy a hablar simplemente porque no tienen casi ninguna posibilidad de invitarme a comer. Esos ya no son gangsters : son aspirantes a traqueto.

Y están los que prefieren caminar, invitarme a su casa y cocinan delicioso. Los de los restaurantes no están hechos para la intimidad de una cocina porque no se sienten cómodos, no pueden entrar el carro. Se ven como adolescentes fumadores: no son nadie sin su cigarrillo, pierden la pose. Empiezan a mirar pa’ todos lados, intentando encontrar el gesto adecuado, sufriendo por no saber dónde poner las manos, cómo acomodar la boca… Definitivamente no están hechos para la cocina. En cambio, en un buen restaurante se ven geniales. Estoy hablando de tipos finos, claro, no de los de los rines de neón.

Estos tipos, los míos, además de vestirse muy bien y ser atractivos, pagan los mejores vinos y me dejan comer mariscos. Para eso sirve un gangster . Y para chicanear de chofer y buen carro, claro.

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