Sobre el turismo: mochiliando por el mundo

Sobre el turismo: mochiliando por el mundo

felipegevara

Con o sin dinero, viajar es el plan favorito de la mayoría de los que conozco y sé que todos anhelamos un paseíto que nos anime el alma y nos recompense por lo duro que hemos trabajado.

El soñador que no soporta esos planes turísticos “todo incluido” opta por salir a mochilear, lo que en palabras simples sería, viajar con poco presupuesto preferiblemente a un país más pobre que el suyo; esto debido a que hay que rendir la plata pues mochilear no es cosa de una semana. Ahí es cuando uno llega a Camboya: un paraíso mochilero con masajes a $2, happy-endings a $3 y cervezas a $0.50. Un país en reconstrucción, pues fue demolido y herido por la tiranía de un tipo llamado Pol-Pot: nada más que un pendejito de esos que piensan que tienen la verdad en las manos; de esos que se creyeron enviados por alguna divinidad para mostrarle el camino a los demás. Un dictador, auto-proclamado mesías, que entre 1975 y 1979 ejecutó (según UNICEF), cerca de 3 millones de los aproximadamente 8 millones de habitantes que había en Camboya para la época. Aun así, un país con una riqueza cultural envidiable y en el que con la mayoría de los menores de 20 años se puede tener una conversación en inglés.

Llega entonces el mochilero con Indiana Jones en la cabeza y el orgullo hinchado porque según él (uno) va a descubrir nuevos caminos, porque se va a salir del molde y de los cochinos parámetros. Phnom Penh, la capital camboyana, huele de lejos a aventura. Desde el avión es evidente que ahí las cosas no son fáciles, como tampoco será fácil negociar el valor a pagar por el tuk-tuk que lo llevará al hostal (el mochilero no se hospeda en hotel por una cuestión de dignidad). ¿Y qué es un tuk-tuk? sencillamente una moto que arrastra un carruaje en el que pueden ir hasta 4 pasajeros; el método de transporte público por excelencia de Camboya y otros países del sudeste asiático. ¿Y cuánto hay que pagar por la carrera? si sus habilidades de regateo son algo de lo que usted normalmente alardea, lo que debería pagar es la mitad de lo que le piden en primer lugar.

El paraíso de lo supuestamente desconocido se desbaratará en la cara del mochilero romántico en la primera visita (obligatoria) a cualquiera de esos “sitios de interés” llámese templo, montaña, monumento etc. Llegará hasta ese lugar solo para sentirse como un borrego más; otro idiota con cámara fotográfica que alimenta la maquinaria del turismo miseria. Llega para encontrarse con muchos turistas de mochila, pero no mochileros. Niñitos que solo van a emborracharse y a trabarse barato; porque además hay porros a dólar cincuenta que se pueden comprar caminando por cualquier zona turística, incluso sentado en un restaurante. Y no hay que esforzarse mucho, se los van a ofrecer junto con otras drogas que ni idea de los precios.

Para no vivir en la desilusión de un sueño frustrado, el mochilero debe entender que su verdadero valor no está en ser diferente a otros (porque al final todos terminamos siento diferentemente iguales) sino en descubrir nuevos lugares en su propia identidad a través de viajar como proceso de crecimiento; viajar para experimentar y aprender del mundo tanto como de si mismo.

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