Sobredosis de nostalgia

Sobredosis de nostalgia

Ilustración: Juliana López

Érase una vez una infancia…

A veces, cuando me paro en la puerta de mi casa a ver a los niños de mi cuadra jugar, no puedo evitar sentirme viejo. Es extraño, claro está, porque todavía soy un pelaíto al que le falta un 70% de vida por vivir. Pero es que el sólo hecho de ver cómo juegan, cómo se  expresan y sobretodo cómo se relacionan, me dice que yo ya no pertenezco a esta   generación.

Recuerdo que a la edad de ellos, a los 10 o 13 años, yo vivía con las rodillas raspadas por las costaleadas que me daba cuando manejaba bicicleta; o mantenía con los tenis Adidas color café que originalmente eran blancos; o me pegaba Yupi-tatuajes en el brazo con babas. Era un mundo más simple.

En cambio, noto que estos niños de hoy son mucho más pulcros, mucho más conscientes de la imagen. Son todos bonitos y parecen hechos en serie. Son, como escuché una vez, ‘La generación Xerox’: puras fotocopias.

 

Antes, el disc jockey de la rumba era el que mejor manejaba la relación bolígrafo-casete, y el técnico reparador de consolas de videojuegos era el que mejor soplaba ‘la película’. El rey de la cuadra era el que tenía más tazos de los tiny toons o el que había llenado por completo el álbum Panini de la FIFA, y el renegado era el que se entraba a la casa a las diez de la noche.

Da guayabo ver que el amor de hoy se reduce a un estado de una red social y que la comunicación humana está intervenida por los dichosos teléfonos inteligentes, (que en realidad ‘embrutecen’ a sus usuarios). Recuerdo que en mi época de colegio el chat eran los papelitos que uno arrancaba de los cuadernos lanzándolos a la cabeza. El Twitter, por otro lado, eran las paredes del baño.

Antes todo era más sencillo, más ‘relajado’. Las fotografías eran tomadas a la mano de Dios, y no se repetían, porque el rollo era bendito. Tampoco existía ese aparatejo del mal llamado celular, lo que nos hacía vivir relativamente tranquilos porque nadie nos molestaba. No niego que la tecnología ayuda mucho, pero siendo sinceros, nos ha convertido en unas morsas perezosas. Las tareas se resolvían leyendo la larga y pesada colección de enciclopedias de la tía, o en los libros de los vecinos, que nunca devolvíamos; nos obligaban a leer y de paso, a aprender de verdad. El copiar y pegar sólo se hacía en la clase de artística.

No quiero decir que mi generación fue la mejor, no; porque como todas las demás tuvo grandísimos errores: como los pantalones bombachos de MC Hammer, la mota Alf, el nacimiento de Padres e Hijos, la muerte de Kurt Cobain, el apogeo del narcotráfico y la canción diabólica de Los Victorinos.

Pero de algo sí estoy seguro y es que en mi época, a pesar de los gráficos perversos de los juegos de Atari -que nos dejaban ciegos a ratos-, de la sobredosis de azúcar de la chancarina, del corte de pelo a lo Vanilla Ice y del baile de la Macarena, es que no necesitábamos ningún ‘me gusta’, ni cuatro mil amigos virtuales para ser verdaderamente felices y realizados.

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