Sobreviviendo entre cretinos

Sobreviviendo entre cretinos

Foto: Darío Recalde - EL CLAVO

Ayer recibí una noticia de esas que lo ponen a uno eufóricamente dichoso: “José, obtuviste el primer puesto en el cuadro de honor, te ganaste la beca del 45%”. Yo, un ñoño no declarado, acabo de obtener una beca por mi loable rendimiento académico. Pero me embarga una sensación de insatisfacción por lo ocurrido. Del semestre anterior no recuerdo algún tipo de sacrificio importante, alguna clavada a estudiar bien brava, más bien sí recuerdo buenas rumbas, buena locha, buenos viajes.

Es cierto que no encajo en ninguna de las típicas clasificaciones de ñoño. Pero igual es cierto que los típicos ñoños no son siempre quienes obtienen los mejores resultados. También lo hacen unos personajes tan pendejos como los mismos ñoños, pero estos cuentan con aceptación social e incluso la envidia de muchos. Los llamo los cretinos y, por desgracia, algunas veces hago parte de ese club. Juemadre, es que el 45% es bastante billete, billete con el que puedo hacer muchas cosas. Las notas, las becas, el reconocimiento, así como la plata, y en general cualquier cosa que se reconozca como éxito, siempre termina comprando la felicidad y, lo que es peor, hasta la conciencia. Pero hoy, justamente lo que intento es no dejarme comprar por ese éxito.
Desde hace algún tiempo, he sido un crítico firme del sistema educativo que nos rige, un crítico de su manera de evaluar el conocimiento. No estoy de acuerdo con la forma actual de juzgar el rendimiento a través de notas y, por supuesto, tampoco lo estoy con aquella forma de medición por logros aplicada en los colegios. Pero, procurando ser realista, entiendo que mientras no exista una forma mejor que la manera tradicional de calificar por números, habrá que recurrir entonces a los típicos 5.0, 3.7 y 2.9. Lo que sí considero inaceptable, es pensar que este sistema determina las capacidades de un estudiante. Las notas, el promedio y las becas no deben ser el criterio para que una empresa elija a alguien en un trabajo o para juzgar las capacidades intelectuales de una persona.
Muchos de los exámenes parciales de las universidades son mal diseñados y por lo tanto no sirven como buenos medidores de conocimiento. El sistema actual privilegia, como casi todo en la vida, a los avispados que se pillan el truco y entienden que para un examen de Cálculo basta con aprenderse de memoria, las mismas cinco preguntas que siempre el mediocre profesor pone en el estúpido parcial. O a los que estudian de parciales de años anteriores porque entienden que el profesor tiene tan escasa creatividad que no podrá ingeniarse un parcial muy diferente al que ya hizo. Así pues, triunfan los mediocres, los avispados, los pobres ñoños esclavos del sistema. Bien lo dijo alguna vez Andrés Caicedo: “Bienaventurados los imbéciles, porque de ellos es el reino de la tierra”. Para triunfar en la universidad, y en este mundo, hay que ser un imbécil, un cretino o, como algunos suelen decir con orgullo, hay que ser un avispado. Odio a los ñoños por sumisos y a los cretinos por tramposos, así esto implique que a veces me odie a mí mismo.
Es por todo esto que existe en mí una sensación de insatisfacción. Si no estoy de acuerdo con el sistema y con su forma de medir el conocimiento, tampoco puedo estarlo con sus premios. Las becas se otorgan de acuerdo con las notas, y no estoy de acuerdo con las notas. Por lo tanto, no puedo pensar que lo de la beca debe enorgullecerme, que me hace mejor que los demás o que se trata de algo justo. No sé si me la merezco, lo que sí sé es que toda la insatisfacción y el malestar que ahora manifiesto serán opacados por mi espíritu de imbécil, ese que me ayuda a triunfar en este mundo de cretinos.

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