¿Sólo para jugar?

¿Sólo para jugar?

Foto: Julián David Goyeneche - EL CLAVO

La otra vez, mirando en la red, me enteré que los gamers son tribu urbana. Después de la alegría que me da por descubrir eso, me pongo a pensar en la poca sutileza con la que tratan las definiciones y en fin, nada que protestarle a los jefes. A tal punto, y con poca imaginación pegada en la bolsa, he decidido hacer mi clasificación de gamer a lo catastral (era eso o Ricardo

Jorge). Notarán lo poco original que es. En mi defensa, argumento que el poco flujo creativo se debe a la derrota de Argentina (Diego, sos grande) y a una que otra apuesta perdida. No tendré que decir por supuesto lo que es gamer, pero por si no lo saben, es una persona que comparte un gusto enfermizo por los juegos. Decile no más a mi tía que es enfermizo: a las dos horas de estar yo jugando, ya anda armando alboroto porque me voy a tirar el semestre, “Dios mío qué hacemos con este muchacho”.

Primero tenemos al gamer de estrato alto, al cual llamaremos Tatán. Posee dos consolas de juego, una Playstation 3 y una Xbox 360. El motivo de tal despilfarro es que hay juegos que sólo salen para una consola específica. ¿Captan? Además de estar alerta por si llega una nueva tarjeta de video de alta gama, ya saben, la cambia cada seis meses, compra todos los juegos originales y por supuesto, paga comunidad en línea.

Nuestro gamer de estrato medio (Alberto) tiene un computador a crédito. Medio lo tumbaron con las especificaciones, y cuando le ponen internet de 500kb se da cuenta que más bien pocos juegos le sirven, así que ¡a ahorrar para la tarjeta de video de gama media que te puede estar costando $300.000!.

-Barato ¿no? –dice Tatán.

Sí, claro. Por supuesto, juegos piratas, y deja el computador por la noches esperando a que le descargue, notable, la luz le llega alta y su tía (me imagino que todos tienen tía) arma el show del paro cardiaco porque qué va a ser de nosotros ahora. No pierde tiempo tratando de hackear los juegos en línea y siempre lo bannean por hablar en español en los chats de Call of Duty.

Johan Steven, nuestro gamer de estrato bajo, no tiene consola alguna (aunque no creía en nadie cuando el Atari estaba en boga). Toda la plata del descanso, el dinero de las propinas, o lo que se levante lo tiene invertido en el poseteadero de la esquina. Allí juega con sus otros amigos futbolito (¡PES por favor!), o juegan HALO (jalo). Entonces, se arman los torneítos, cada quien arma parentela (si te ganan, eres su hijo) y al final terminan debiéndole al dueño del local, el cual ha hallado sustento económico en una actividad ilegal: ¡qué echada pa’lante mi Colombia!

-Qué sebos –dice Tatán.

Ni tanto, no te ha tocado cuando entran al lugarcito los chicos malos del barrio, que huelen a mil demonios y tienen cara de “pásamelo todo, no vayás a correr”. Pobres gamers.

Por cierto, ya salió una nueva tarjeta de video y ando negociando con mi tía: de pronto me financia la mitad, el todo es que no se entere que eso es sólo para jugar.

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