Son cosas del corazón

Es el estribillo que a menudo repiten los barristas. Muestran los tatuajes en la espalda, las piernas, los brazos, el pecho. Un escudo con los colores de la divisa mostrando que la pasión se lleva hasta en la piel. Deambulan por las calles, algunos en gallada amedrentando al peatón desprevenido, al que pillan con algún símbolo que los ofende sobremanera, tanto como para corretearlo con objetos cortopunzantes en mano: navajas y machetes. Son una ineludible realidad, un reflejo de la violencia, un síntoma que cada día toma más relevancia.

A Cali volvía el clásico y en un intento de retornar el folklore se permitió el ingreso a hinchadas de ambos equipos. Reír para no llorar. Previo al partido, ocurrieron desmanes en los alrededores del estadio, disparos, miedo y zozobra entre los habitantes del sector. Lo lógico hubiera sido cancelar el partido. Pero mejor, sigamos riendo. El partido se jugó. ¿Que iban a hacer con multitudes enardecidas a las afueras del Pascual dispersados por toda la ciudad? Es nuestra idiosincrasia. Son cosas del corazón.

Acá nos hijueputeamos sin miseria. Así es el trato, de güevón para arriba. «Mete a James calvo hijueputa», «Dale la diez a James calvo hijueputa». El marica también denota en algunas ocasiones cierta animadversión, sobre todo si usted lo acompaña con una amenaza previamente: «Le voy a dar en la cara, marica». Es que son cosas del corazón. Así somos los colombianos, ramplones, groseros. Que lo diga el vigente campeón del Giro de Italia cuando le tocó soportar a ese atorrante compatriota corriendo junto a él con un rollo de papel higiénico. Es que son cosas del corazón, así somos. Irrespetuosos. ¿Así somos? La violencia en nuestros corazones va desde una lengua cizañosa y altanera hasta un impulso que nos conlleva a darle en la madre a otro. El ciclista madrea al conductor que le tira el carro. El peatón insulta al ciclista que invade su espacio, y este responde con manotazos al aire mientras termina una sarta de improperios con un H-I-J-U-E-P-U-T-A. Hijueputa, Hijo de puta, sapo hijueputa. Las combinaciones son ilimitadas. El madrazo nos define como colombianos. Son cosas del corazón.

Hace algunos meses tuvo alguna relevancia una propuesta de un diputado ruso. Igor Lebedev propuso convertir las peleas entre hinchas en deporte. De risa. ¿O no? El político aseguraba que

«tal iniciativa permitiría canalizar la agresividad de los aficionados», y si uno lo piensa bien no es tan descabellado. Yo lo extendería a los integrantes de partidos políticos. Imagínenlo, una gran noche de combates entre partidarios de las distintas toldas políticas. Combate estelar, pague por ver: El rufián de Salgar vs Roy “Morrison” Barreras. Claro, habría que poner algunas reglas como restringir el uso de algunas armas. Nada de motosierras. Sería un ejercicio para desfogar la visceralidad de nuestros corazones y de paso como efecto colateral del deporte prescindir de algunos de nuestros ilustres dirigentes políticos. Bueno, no me hagan caso. Es que soy colombiano, así soy, violento y cizañero. No soy tan boquisucio   aunque de vez en cuando finalizo con un

hijueputa cuando grito un gol del Tigre. Y como el buen Rigo a veces no sé un carajo y lo suelto sin más: «Yo que voy a saber güevón». Son cosas del corazón.

Ilustración: Ivan Dark

Por: Diego Esteban Medina

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