Suficiente con el nombre

Suficiente con el nombre

Ilustración por: Pepa - EL CLAVO

¿Noylon? ¿Yatsuri? ¿Rufay? Si este es su nombre, después de una pequeña y a veces sonora sonrisa, seguro que cualquier recepcionista o telemercader le pedirá que lo deletree despacio y con la ortografía correcta. Y se lo confirmará repitiéndolo para saber dónde lleva el acento. ¿Carelli? ¿Polidor?

Ponerles un apodo a estas personas sería una infame redundancia. Una canallada. ¿Para qué más? Ya fueron tildados con la bendición del cura o la firma del notario con algo peor que el más irrisorio mote. ¿Por qué ellos no les sugirieron en ese momento a los padres de la criatura algo más cotidiano, clásico de pronto, de moda aunque sea? A lo mejor pensaron: “con su nombre este cristiano o ciudadano hará reír en el futuro a quienes lo conozcan: ¡esa es su misión en la vida…! ”.

Dentro de las comunidades negras o indígenas los nombres son lo que son: una denominación para el conocimiento de la persona. Su llamamiento no tiene mayor trascendencia hasta cuando se entra a una cultura de “blancos”. Ahí es cuando nos damos el gusto de burlarnos, porque suena gracioso pronunciar un nombre diferente a los que la superficial sociedad ha establecido como normales: Laura, Sebastián, Sofía, Nicolás, Camila, Mateo… Ojo: los nombres señalados al principio de este artículo son de blancos y existen realmente (adivinen el género). Aprovechemos el lado amable de la tolerancia, y continuemos revisando otro par de atípicos ejemplos.

Mónica Correa. Un nombre cualquiera de una familia cualquiera. Pero si le metemos malicia al asunto, se convertirá en una cualquiera por la perversa afirmación de lo que hace: cacorrear en cualquiera de sus múltiples interpretaciones (y ni se imaginan las mañas de su hermanita Érika). Sería muy cagada empeorar su caso con un insolente apodo. ¡Ya es suficiente!

A propósito, ¿qué nos motiva a poner un apodo? El objetivo de entretenernos es secundario. Es la oportunidad para que nuestra mente malvada sobresalga y humille a otra persona con el permiso social de un chiste. Si (por defecto) somos “buenos”, la otra opción (no preestablecida) es ser “malos”, y qué mejor opción de vivenciarla poniendo o repitiendo cínicos apelativos. El chance de hacer daño a los demás disfrazándolo con una sonrisa es delicioso. (Nota: este argumento no aplica para los nicknames actuales: “Pipe”, “Naty”, “Andy”, “Juli”, “Lore”, “Tatis”…).

Willington (de blancos y de negros): ¿cómo le dirá su esposa mientras hacen el amor? ¿Entre besos y abrazos le susurrará: “te quiero Willington ”? ¿Suena romántico? ¿A punto de llegar al orgasmo ella gritará: “¡Oh, sí, Willington! ¡Dale más duro…! ”? Sería como hacerle barra al América de Cali en la Copa Libertadores del 86. Y si le dice “Willy”, su clímax sería el mismo que necesitó la orca para liberarse en la famosa película. En estos casos, hay que recurrir a sobrenombres cariñosos como “nena”, “gordo”, “bebecita” y hasta “mijo”. Suenan mejor.

Si Dios y el Notario así lo quisieron, llamemos a las personas por su nombre completo, como debe ser, independientemente del papayazo: “Buenos días señor Parada ” o “Hasta luego señor Vente ”. ¡Seguro que estos apellidos complementarán las eróticas palabras que le dicen a Willington en la cama!

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