El morbo fotográfico

El morbo fotográfico

 

Foto: Ángeles

Ella se pone de rodillas y empieza a gatear lenta y provocadoramente hacia delante. Sus labios húmedos y antojadores brillan bajo las luces mientras ella se traga a los demás con la mirada. Esta parece ser la señal para que el fotógrafo dispare sus flashes y obturadores y le pida a la modelo una nueva pose: esta vez, mordiendo coquetamente una fresa intensamente roja.

Este “jueguito” de la sesión donde modelo y fotógrafo interpretan sus roles es el sueño de más de uno. De hecho, cuando hay que tomar fotos donde hay posibilidad de avistamiento de tetas, no faltan los mirones que se regalan para sostener luces, mover cables o cargar trípodes (y eso que algunos pesan más que un muerto).

Obviamente la mayoría de los fotógrafos no mezclan lo profesional con lo personal, pero entre los aficionados no es raro que intencional y premeditadamente hagamos lo uno esperando que salga lo otro. Es aprovechar el contexto, como rebuscarse una finca con piscina para justificar que la nena se deshaga con naturalidad del 90% de la ropa, cosa que no pasaría en un bar o en un centro comercial. De la misma forma, la sesión fotográfica se presta como excusa para que fotógrafos, camarógrafos, utileros, maquilladores, vestuaristas y modelos dejen salir sus fetichismos, gustos y perversiones, así sea disimuladamente y durante un ratito.

Vamos por partes. En el caso del fotógrafo está el obvio fetiche de la cámara. Pero vale la pena aclarar que aunque para nosotros, los simples mortales, la cámara de 7 megapixeles sea lo máximo, para los profesionales un equipo así es, si mucho, el juguete de llevar al paseo de olla. De hecho la adquisición con la que chicanean ante las visitas es el monstruo de medio formato de 6×9 o 6×6 centímetros (la película es más ancha que una tarjeta de crédito). Pero en general lo que de verdad trasnocha a los fotógrafos es la máquina que les permita jugar MANUALMENTE con la intensidad de la luz, la velocidad de obturación y gran variedad de lentes intercambiables, entre los que no puede faltar un teleobjetivo bien grande. Freud se relamería de contento al pensar en las connotaciones fálicas de un teleobjetivo, independientemente de que en casos como el de los paparazzi, entre más grande sea, mejor.

Sin embargo, el fetiche de la cámara no es completo a menos que se tomen fotos con ella o se observe el mundo a través de su lente. De hecho, quien goza de la fotografía es usualmente quien disfruta de observar a los demás, antes que ser protagonista. No es común que a un fotógrafo le guste por igual estar ante el lente que detrás de él, porque mientras se es el observador uno puede sentirse como un ser separado de los demás, incluso superior, que es cuando el voyeur que todos llevamos dentro se asoma para frotarse las manos de contento.

En el caso específico de la sesión fotográfica, ésta se convierte en un montaje casi teatral, donde el fotógrafo ordena y la modelo obedece: es el pretexto perfecto para dejar jugar esa parte oculta de nosotros que goza con el sometimiento. Por el lado del fotógrafo, pasa de ser una persona común y corriente en la calle, a convertirse en amo y señor en el estudio, cuya sensación de poder sobre modelos, escenarios y vestuarios puede ser sumamente emocionante. El colmo de la dicha es cuando la modelo también goza secretamente (masoquistamente) con el sometimiento ante la voluntad de otro, y encuentra en un fotógrafo medio sádico el complemento perfecto.

En fin. En una sesión fotográfica hay roles y sensaciones para todos los gustos. Y lo mejor de todo es que, después de dejar salir por un rato del calabozo nuestras ocultas perversiones, podemos salir de ella a seguir con nuestra vida normal como si nada hubiera pasado.

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