#Temática: “En el nombre del padre y del hijo”

#Temática: “En el nombre del padre y del hijo”

orar

¿Padre, aún consideras que sea posible que vuelva a creer en…?

—Siempre. Te lo dije esa vez y te lo digo ahora: en algún momento (no sé cuándo) tendrás que recu­rrir a ello. —Replicó mi pa­dre, tras interrumpirme.

—Sí… pero, también dijiste algo más esa noche, algo más “firme”.

—No recuerdo, Camilo. —Respondió dudan­do—. No suena a algo que yo diría.

—Dijiste que en esta casa no se volvía a men­cionar que Dios no existe.

Tenía 16 años cuando mi abuela murió. La madre de mi padre. Murió de cáncer de pán­creas, a los 72 años, tras luchar por más de 4 años en todo tipo de terapias. Yo no estaba aquí en Cali, estaba en Peñaflor, Talagante, provin­cia de la capital chilena. Estaba solo, visitan­do amigos que hice un par de años antes, en 2010, mientras mi padre madrugada cada día para llegar lo más temprano posible a una ha­bitación de la Clínica Sebastián de Belalcázar, donde mi abuela pasaba sus últimos días con nosotros.

Tres días después de Navidad, caminaba ha­cia la casa de Caro, amiga mía que me hospedó entonces, cuando el celular prestado que lle­vaba conmigo sonó, mostrándome un número extraño en pantalla.

— ¿Hola?

—Cami, papito, ¿cómo estás? —Era mi madre—. ¿Dón­de estás?

—Bien madre, lle­gando a la casa. ¿Por qué?

—Papi, llamaba para contarte que la abuelita Blanca falleció.

 

"Fue a partir de este momento que las primeras preguntas natura­les, llenas de rabia y frustración, comenzaron a surgir: “¿por qué Dios?, ¿por qué?”"

 

Cómo nieto lloré y entris­tecí; como hijo sufrí, por mí y por el sufrimiento de mi padre. No pude pensar en nadie más que en él cuando recibí la noticia. Fue a partir de este momento que las primeras preguntas natura­les, llenas de rabia y frustración, comenzaron a surgir: “¿por qué Dios?, ¿por qué?” La madura­ción de las dudas era todavía minúscula, por no decir ausente. Solo tenía mil preguntas en la cabeza, pero no me atrevía a dar el paso adelante y contarlas a mis padres… sentía que cae­ría en un abismo. Esto ocurrió hasta el día que decidí, en medio de una noche familiar, frente a mi madre, mi herma­na y mi padre, contarles sobre mis creencias. Ahora que escribo esto sé que no debí decirlo. No en ese entonces.

Hoy tengo 22 años, y aún recuerdo con clari­dad el tono con el que mi padre mencionó: “En esta casa no se vuelve a decir que Dios no exis­te”. Fue el final de la conversa­ción, cuando no pude hacer nada más que agachar la cabeza y comer de mal gusto la hamburguesa que había ordenado.

Ahora es cuando entiendo que las dudas tenían un sen­tido: que por algo se empie­za. Vivo feliz, y mis padres aceptaron (con el tiempo), que no puedo evitar que mi cabeza ponga en juicio situa­ciones peculiares, como: si dos personas creyentes del mismo dios, pero de distintos países, oran por ganar la misma guerra, ¿cuál de los dos debe morir?

Autor: 

Camilo Loaiza Van Der Huck

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