#Temática: La vieja guardia

Una tradición eterna

Maravillosa la época en la que Myriam Collazos aprendió a bailar. Para la década de los 60´s, Cali era un pueblo en proceso de expansión que empezaba a construir su identidad en torno a la salsa; una manifestación popular, extranjera y mal vista por la alta sociedad. Su padre perteneció a la agrupación de Tito Cortés. Bajo su tutela y ejemplo se formó. Yendo a verlo tocar inició su recorrido por los bailaderos más enigmáticos de la ciudad armada con tacones de plataforma y pantalones terlenque de bota generosa.

William fue por primera vez a los 10 años. Le gustaba imitar los pasos afuera de una humilde discoteca de esterilla del centro llamada El Cocodrilo. Aprendió de los mejores como Carlos Paz o Jimmy Bogaloo. La cosa se empezó a formalizar en el legendario Honka Monka, ubicado en la 24 con 6ta, es decir el barrio obrero, la zona de tolerancia de ese entonces.

Años después de adoptar el baile como una forma de vida ocurrió un encuentro fortuito entre los dos que perdura hasta hoy. Se conocieron en las salsotecas de Juanchito a mediados de los 70´s. El amor no floreció de inmediato. Fueron las eternas rutinas en los aguelulos, la cadencia de la música al compás de las caderas de Myriam y la perfecta empatía de los dos con los pies los ingredientes que lo germinaron.

De ser una manifestación popular oculta en las zonas de tolerancia, el baile pasó a ser una celebración urbana a la que se vincularon muchos actores de la cultura o política y se expandió por toda la ciudad. Cada día de la semana contaba con una salsoteca representante para ir a bailar: Monterrey, Las Brisas, Don José, Agapito, El Escondite, Madeira, Río Cali, Estambul, El Aguacatal entre otros.

La pareja bailaba en todos los rincones con trajes prestados. Era la tendencia usar para bailar ropa muy señorial. Les pagaban cinco centavitos que distendían lo que podían y empezaron a ser reconocidos, hasta para la gente que no debían serlo. El narcotráfico se apoderó de la economía de la ciudad entre la década de los 70’s y 80’s. Los testaferros titulaban a su nombre cuanto motel y establecimiento nocturno pudieran para lavar el motín. Ambos cuentan con nostalgia que muchos de sus mejores compañeros cayeron víctimas en las épocas doradas de excesos patrocinados por narcos.

Para Myriam la importancia de la vieja guardia se fundamenta en la originalidad de los pasos que inventaron para cada género musical, en haber creado el “estilo caleño” o baile de piso. Cuando los bailadores llegaban a La Popala empezaba una contienda de tacón y suela para demostrar quien vibraba mejor al compás de una charanga, un bogaloo o un son.  Nunca aceleraron la música. No era necesario; El baile de piso concentra su atención en las melodías y armonías, las degusta, digiere e interpreta con el cuerpo.

De cargadas muy poco; dos o tres por canción y siempre a un ritmo controlado. Lo de la vieja guardia es el movimiento acelerado de pierna y el visaje. Se les atiborra el pecho de orgullo de saberse admirados en medio del acelere de la modernidad, reconocidos como pioneros del ritmo, que aún son invitados a los mundiales y ferias, pero sobre todo que la tradición se mantiene intacta, eterna.

 

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