Tirándonos piedritas en la Quebrada la Vieja, un paraiso en mitad de Bogotá

Tirándonos piedritas en la Quebrada la Vieja, un paraiso en mitad de Bogotá

Foto: Laura Fernanda Merchán

Foto: Laura Fernanda Merchán

Por Emmanuel Ariza
@DivisionDeAriza

El sábado en el que habíamos quedado de ir por primera vez me levanté a las 5 de la mañana. Madrugaba por seguirle la corriente a Nanda de ir a una alameda que solo permitía el acceso hasta las diez de la mañana. Pocas veces había oído hablar de la Quebrada la Vieja, pero parecía un buen plan para desconectarse un poco de la ciudad, irónicamente, en un paraje en el corazón de la ciudad.

Nos encontramos en la séptima con 72, uno de los sectores más urbanos de Bogotá y por ende, un lugar bastante inesperado para hacer un paseo ecológico. Empezamos a subir hasta cruzar la circunvalar por un túnel por el que pasa la quebrada, y por el que uno tiene que cruzar caminando entre bloquecitos de cemento que hay en el suelo para no mojarse los pies.

“¡Pero si esto es un charquito!” pensé, mientras saltaba entre los bloques cual damisela en peligro para no mojarme mis botas. La entrada a la alameda es un portón de reja y adentro hay varios policías cuidando, algunos a caballo. Contrario a lo que pensaba, subir montaña a las 7 de la mañana un sábado es un plan hasta popular. Uno por el camino se encuentra jóvenes, viejos, familias, niños, gente con perros y algunos papás muy proactivos, que suben con niños pequeños a cuestas. Así mismo, unos suben trotando, otros tienen que correr detrás de sus mascotas, algunos iban con unos bastones bien engallados, que pareciera que hasta cuentan los pasos, dan reporte de salud y escogen la mejor ruta con Waze para caminantes.

El camino de la alameda es bien errático y eso hace parte de su encanto, se bifurca, se vuelve a unir, cruza la quebrada, se estrecha, a veces tiene escalones hechos con troncos de madera y a veces no, y cuando llueve puede ser tan resbaloso como para una carrera de enjabonados (o más bien, de caidadeculados). Lo mejor es llevar botas para no resbalarse, ir con ropa cómoda y estar preparado para llegar con barro hasta en el rabillo del ojo, si es que llovió la noche anterior.

Llegamos a un punto en el que nos explicaron que el camino se divide en dos, uno para el mirador de la virgen, y otro para seguir subiendo. Al mirador de la Virgen es fácil llegar, se sigue la ruta por un camino más boscoso y menos pedregoso que el resto, allí el piso está acolchado con infinidad de agujas de pinos que llevan quién sabe cuánto tiempo allí. Por supuesto, desde el mirador se ve casi toda la ciudad, sobre todo el occidente, y por supuesto, la frase que más ha oído el monumento de la virgen es “mira, desde aquí se ve mi casa”.

Si uno quiere seguir subiendo va a ver cómo lentamente desaparece la quebrada y empiezan a aparecer las piedras formadas a partir de sedimentos. Un amigo con el que subimos en otra ocasión nos explicó que en ellas se pueden encontrar insectos fosilizados, duramos un buen rato jugando a los arqueólogos golpeando piedras entre sí, mientras la gente que pasaba nos decía “no muchachos, así nunca van a sacar fuego”.

La “meta” de muchos de los que vienen es un claro en el páramo en el que unos descansan, otros desayunan y otros se deleitan con la vista, desde luego, buscando sus casas para decir triunfantes “hey, desde aquí se ve mi casa”. Pero hay más alameda, detrás del claro sigue la montaña, en donde ni siquiera hay agentes vigilando, y donde el ascenso es mucho más empinado, allí en algunos puntos se puede tener una vista de la ciudad de casi 360 grados y hasta ver algunas veredas cercanas.

Lo que parece marcar el final del sendero es una casucha a medio construir llena de grafitis, seguir más allá de eso está bajo el riesgo de cada cual, pues por detrás siguen más pendientes y bajantes por las que uno puede terminar quién sabe en dónde. Unos amigos me contaron que por ahí llegaron hasta La Calera, pero yo no confío tanto en mi sentido de orientación.

Desde luego nunca sobran recomendaciones varias como usar bloqueador solar, llevar algo de comer para el camino y hacer estiramientos al regresar, si es que aspiran a levantarse al día siguiente.

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