Tito “El Negro”

Tito “El Negro”

Ilustración: Maria Victoria Henao - EL CLAVO

El sol pega fuerte en esta tarde de junio y la explosión demográfica caleña de las últimas cinco décadas no la hace más amena. Es un lugar salvaje para los más débiles; hay hombres lobos de barba hasta la manzana de Adán con poemas escritos en papel mantequilla inundando sus bolsillos remendados. Será por eso que los piratas más duros del país encallaron allí. Paraíso de la impunidad.

Los turcos de Maicao, las mafias del bajo Nariño y los altivos pandilleros criados en tugurios de Buenaventura ahora viviendo en Ciudad Jardín, tienen asientos VIP en lo que es todo este concierto para delinquir del cual la DIAN nos habló en épocas ya olvidadas, con campañas en las que Fanny Kertzman — su ex directora — salía con un par de dóbermans bien alimentados, amarrados a un par de correas que para romperse, exigían la más mínima cuota de esfuerzo de estos canes del infierno. Era el único comercial que en ese momento dejaba en claro que si de “pirata” uno se iba con colmillo se terminaba en el rabo y una larga sentencia en el cuarto de barrotes de acero. Ese tipo de comercial, no se volvió a ver.

Ni a Darwin, ni a Yesid, ni a Tito “el negro”, ni a Leidy, parece importarles aquella campaña social que en vano pobló las pantallas de nuestros televisores. “ Esto es Cali mi viejo ”, dice Tito con una sonrisa de labios batey que deja entrever los nacarados dientes de un hombre criado a punta de pescado frito y patacón, “ aquí el que no los hace, los ve hacer ”. Tito, a duras penas cabe en su propia ropa. En la cintura, el jean parece un dique apunto de ceder ante una barriga maciza. Y por la cicatriz en el rostro, no pregunto.

Comenzó trabajando para su tío en un pequeño estanco de licores contrabandeados en Buenaventura. En ese estanco conoció las bondades del no pago de impuestos y el monto de dinero que al mes se hacía, era más de lo que en dos meses consagrados al ahorro, se sudaban los negros violáceos de los aserraderos.

El cómo terminó Tito anclado al “San Andresito” de Cali, dueño de un local de DVDs piratas y consolas de video juego sin impuestos, más que por coincidencia, diría él que fue por “ Mentalidad de empresario mi broder, lo que te hace diferente al mendigo. Yo quise y aquí estoy ”. Tito posee en su dilucidada verborrea, una extraña mezcla entre el “ Veni, Vidi, Vici ” de Julio Cesar y el “ traficando música por tonelada ” de Daddy Yankee. En sus ojos arde el combustible que alimenta el ímpetu desenfrenado de su negocio. Si a Tito le trajeran el mundo entero en una bandeja con principio de blanquillos y una tajada de plátano, se lo comería sin siquiera acudir al alivio de un Sal de Frutas Lua. Asimismo por detrás lo expulsaría sin estallarse un solo vaso sanguíneo. Ese es Tito “El negro”.

Tito en un Diciembre tuvo la plata necesaria para comprarse tres pitbull albinos con papeles. “ Legales ”. Hoy, en esta tarde de calor inmisericorde y en un mal día de ventas, Tito lleva ya seis Poker y diecisiete tandas de Dominó. A su derecha está Darwin luciendo cuál flaco que es, una camisa manga corta con un “sayayín” endemoniado blandiendo su espada. Yesid aún no ha vuelto del baño y Leidy, desde la bodega pide a gritos el número de referencia de la película que estoy buscando. Tito me dice que tome asiento y juegue y yo, con nervios de acero y el trasero sudado, accedo.

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