Toda una farsa de profesor

Toda una farsa de profesor

Foto:Carolina Lasso - EL CLAVO

Las historias de la antigüedad nos hablan del mal, siempre ha estado allí. Recordemos La guerra del fuego de Jean-Jacques Annaud (menciono la película porque no he leído el libro de Rosny Aîné) donde vemos cómo los hombres desde el principio no han permitido que otros vivan en paz. ¿Y el punto? Ah, sí, hay malos profesores porque el mal es algo propio de lo humano y mientras hayan personas habrá, digamos, ausencia de bien.

Como he tenido tantos malos profesores, y tantos amigos con su lista, hablaré sólo de uno en especial. Aquel que me dio Literatura Contemporánea I, un alemán, rasgo importante, teniendo en cuenta que en nuestra cultura un europeo es, de antemano, una persona inteligente e interesante; error de nuestro arribismo. El primer  día de clases, este ser, nos dio el programa de curso, una lista deliciosa de autores conocidos y otros no, lo que hacía que nos llenáramos de expectativas ante el nuevo panorama.

Las primeras clases estaban a su cargo, ¡qué buen profesor! Hizo una comparación entre el ascenso de Hitler al poder y estos años colombianos, nos contó de las juventudes hitlerianas, del pueblo alemán vencido, fracasado, borracho, y hambriento por un líder que les diera un sentido a su vida, una patria. Después habló de Bertolt Brecht y déjenme decirles que era un experto, lo sabía todo, más, cuando nosotros no sabíamos nada.

Las siguientes sesiones estaban a nuestro cargo; exposiciones individuales y en parejas. Aquí apareció la primera sorpresa, debíamos pedirle una cita para que él autorizara los contenidos de nuestra exposición, ¿tiene eso algo de malo? No sé, pero era nuevo para nosotros. “No te parece mejor si hablas de esto primero y luego de aquello”, nos decía en su oficina. Lo reconozco, es una pequeña intervención, pero esperen; ¡viene más!

Cuando hacíamos nuestras presentaciones él hablaba para dar un aporte, uno pequeño, de 30 minutos y, varias veces. Olvidaba algo, para exponer era necesario presentarle un protocolo en donde debíamos consignar el trabajo a realizar, si alguien no lo llevaba, no exponía. Primer tropiezo, no entendíamos eso porque no somos así, no tenemos esa rigurosidad en los actos; él era un aguafiestas, nosotros unos relajados.  La nota final se completaba con un trabajo escrito sobre lo expuesto y un examen oral, un trabajo escrito devuelto mil veces por el más mínimo error, ojo, no es un mito lo de los alemanes, ojo, no es un mito lo de los colombianos; él lo quería perfecto, nosotros queríamos la nota.

Hasta aquí puedo seguir saludándolo si lo veo por ahí. Lo terrible, lo que lo hace malo, fue su mentira, decir que amaba la literatura. ¿Qué es amar? Tampoco sé, pero no es hacer un programa con unos libros conocidos pero no leídos, decir que no ha leído El tambor de hojalata porque es muy largo, sí, tanta honestidad dolió. También dolió saber que no había leído ningún otro libro, que daba su clase con una enciclopedia de literatura alema

na, que era un experto en Brecht pues era lo único que había estudiado, que en el curso II daba exactamente los mismos contenidos. Todo eso dolió, como duele ver que nosotros, los estudiantes, lo permitimos, sí, con quejas de pasillos, pero condescendientes. Y ¿por qué duele? Un secreto: voy a ser profesor. Donde haya humanos habrá mal, profesores, estudiantes, nadie se salva.

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