TOMÁS

El optimismo que siempre caracterizaba a María Elena se veía lentamente diluido en las palabras de su médico, si nunca había tenido una enfermedad, si nunca fumó y no bebió más que una copa de vino en alguna celebración ocasional, una vida fundamentada en una buena alimentación, ejercicio y “buen humor”.

“Adenocarcinoma de páncreas” fue el diagnóstico definitivo dado por el especialista que con impasividad recitaba las opciones terapéuticas, múltiples sesiones de quimioterapia, analgésicos, antieméticos para controlar el vómito intenso, incluso una tarjeta azul brillante de una tienda de pelucas a medida. No fue fácil entender la magnitud de la situación, siempre que su médico le hablaba del pronóstico un velo censuraba las palabras que no quería escuchar, una inconsciencia selectiva era lo que le permitía seguir adelante.

Carlos había terminado recientemente sus estudios de medicina y acompañó a su madre a cada uno de los tratamientos, estuvo presente en cada terapia y vio como con cada día que pasaba algo de su madre se desvanecía, la levantó cada vez que caía siempre después de cada sesión de quimioterapia, eligió el cabello nuevo que luciría su madre, compró la ropa nueva que vestiría ahora que había perdido casi la mitad de su peso y preparaba la sopa que fue finalmente lo único que el intenso vómito le permitía probar.

El dolor se anunciaba, lento, sordo en un crescendo inevitable – 5 miligramos de morfina-, seguía su camino, más fuerte, no estaba en un solo lugar, cada rincón de su abdomen dolía, lugares que nunca había sentido antes se manifestaban por primera vez de manera implacable, sintió que manos invisibles sostenían sus entrañas y poco a poco las presionaban y retorcían, – meperidina endovenosa-, la presión se aliviana pero no la deja ir, con más fuerza, como si solo se alejara para tomar impulso, el dolor regresa y María Elena casi podía verlo y éste a su vez la miraba fijamente haciéndole entender que la iba a acompañar siempre. No había lágrimas, solo estaba María Elena encogida sobre si misma con sus manos en su abdomen como evitando que la vida se le escapara.

Ni Carlos ni María necesitaban una reafirmación de lo que ya sabían, no hay más opciones, es irreversible y solo queda intentar controlar el dolor. Lentamente la vida de María se convertía en el peor castigo, una tortura inevitable, y así cada día en un largo silencio que solo llena el dolor, la muerte se ve como una mejor alternativa que la vida.

Todo estaba inundado de un silencio ceremonial, un olor a fruta madura la rodeaba y lentamente volvía a sentir calma, observó profundamente cada centímetro de la habitación, respondió con vehemencia a los ojos que la miraban, escuchó cada palabra atentamente mientras su canción favorita acompañaba el momento, disfrutó el sabor de la comida y con tranquilidad sintió el calor de la cálida mano que sostenía la suya, recordó como era sonreír y vino el sueño una vez más, cada momento más profundo hasta que el cálido y eterno abrazo que la liberó definitivamente de su sufrimiento llegó mientras Carlos con precisión milimétrica aplicaba el último anestésico y puso el punto final a la vida de María.

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