Transur

Transur

Fotografía: Luis Gaviria - EL CLAVO

No es que no haya visto negros en mi vida. Mi amiguito Milton en el jardín, era un negrito de algodón. Pero este que veo ahora es distinto. Es rojo mate, panela quemada.

Voy viajando de Jamundí a Cali. Vamos donde la abuela. El día está hermoso, vestido de girasol y tiene una luz grande que lo cobija todo.

Mi hermanito está dormido y yo voy conversando con mi papá sobre el negro ayudante del chofer. Vamos en una buseta cómoda, no en uno de esos buses destartalados que caminan de lado como un perro maltrecho.

Todo detalle que descubro en el negro me da risa. Mi papá me va explicando lo que yo le pregunto. Me gusta cuando él está tranquilo, sin rezongar, y sin esa densidad que a veces le invade el rostro.

Mi papá me dice las palabras nuevas masticando cada sílaba y yo las repito en un susurro para ayudarme a retenerlas. También él se ha dedicado a observar.

El muchacho es un animal múltiple. Es un mico agarrado de la puerta o un murciélago izado hacia fuera gritando “Cali, con puesto”.

En cada paradero se baja para dar paso a las personas o ayuda a subir ancianas y costales. Siempre espera a que el chofer haya avanzado varios metros, corre y de un brinco trepa a los peldaños de la puerta. Es una mancha en el viento volando tras la buseta.

Corre como un puma, es un cachorro de músculos redondos. Salta como un cazador sobre un rinoceronte y se agarra a la liana metálica del barandal en un bamboleo confiado, festivo.

Cuando cae dentro siempre tiene una mueca distinta. No puedo contener las carcajadas. Mi papá sólo esboza una sonrisa. Desde que mamá se fue él no volvió a reírse a destajo.

El negro ha dejado máscaras de su rostro grabadas en mi alegría: una con la boca abierta y esos labios de llanta descolgados, otra con los ojos desorbitados contando los puestos vacíos, otra más con la nariz expandida y esos huecotes toma-aire de rifle de doble cañón.

Cuando está de espaldas a mí, el cuerpo colgado fuera, veo la mariposa de sus omoplatos abrir y cerrar las alas en una contorsión que es pura fuerza.

El negro ve que me río y me ríe de vuelta y es un monstruo lindo con sus dientes blancos y su encía morada, sus manotas de simio y su ropa ajada, pelo de esponjilla de alambre y uñas mordisqueadas.

Mi papá me explica el origen de las razas para aclararme esa combinación de matices que somos sus hijos. Mi mamá es una morena chusca con unos ojazos color de aguapanela y rizos contrariados, y él un mono cejón ojiverde. 

Mientras mi papá me habla, anhelo que el negro se caiga de la puerta y la buseta le pase por encima o un camión en sentido contrario se lo lleve estampado como una araña en el parabrisas, pero tristemente nada de esto ocurre y como de costumbre llegamos a nuestro destino sin haber tenido ni una buena sorpresa en el camino.

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