Tras la puerta: Un relato de lo prohibido

Tras la puerta: Un relato de lo prohibido

Ilustración por Felipe Cano

Ilustración por Felipe Cano

La hermana Nadia llegó tarde en la noche a su habitación del convento, se había reunido a escondidas con otras jovencitas del lugar. Iba un poco alcoholizada, quería dormir. Se desnudó y buscó la cama. Ignoró la cobija, pues era una noche calurosa. Sentía un leve mareo. No podía dormir, el hombre del crucifijo en la pared tenía los ojos sobre ella. Si se enteraban al día siguiente la iban a castigar.

Silencio.

Escuchó ruidos tras la puerta del clóset. No les dio importancia. Algo la despertó minutos más tarde; de nuevo el ruido. Miró el crucifijo, buscó una cobija.

El ruido seguía, era como un animal encerrado. No podía observarse nada por la pequeña ranura de la puerta entreabierta, todo era oscuro.

— ¿Hay alguien ahí?—, dijo.

Nada. De pronto, el ruido acalló. Quiso orar. No siguió, eso no la ayudaría. Quitó la cobija de su cuerpo, el calor era sofocante. Sobre ella la mirada del hombre del crucifijo. Volvió a oír el ruido. Trató de escuchar mejor, era como un jadeo.

—Por favor… no es chistoso—, dijo.

Debía salir, buscar a las otras hermanas. Iba a vestirse pero el hábito olía a alcohol. Había otros en el clóset. Nadie le perdonaría salir a esas horas del cuarto y caminar desnuda. Algo cayó dentro del clóset, comenzó a sudar.

Caminó rumbo a la puerta, llamaría a la jovencita de al lado. Abrió con sigilo, asomó su cabeza.

—Hermana—, dijo: —Hermana Carla—.

El silencio reinaba en el pasillo. Al fondo la estatua pequeña de una virgen decorada con luces de neón. Tras la ventana del frente, se veía en las nubes el reflejo enfermo de las luces de la ciudad.

—Hermana Carla por favor—, decía suplicando, —Necesito ayuda—.

Era inútil, la hermana Carla había llegado más alicorada que ella. Volvió a mirar tras la ventana, sintió deseos de saltar a través de los vidrios, trepar los muros, nunca volver.

Cerró con el mismo sigilo de antes, corrió hacia la cama. Desde el crucifijo la seguían observando, otra vez buscó la cobija y se cubrió hasta el cuello. Podía ser un castigo, después lo consideró tonto. Fue hasta el rincón de la cama. El ruido seguía. Comenzaba a tener problemas para respirar. Se sentía molesta, la mirada en el crucifijo la seguía a todas partes, el calor era atroz. Descubrió su cuerpo y cubrió con la cobija al ídolo en la pared. Volvía a estar completamente desnuda.

Pensaba en un animal atrapado, oía un sonido como de exhalación. Una rata no respiraría tan fuerte y el gato del convento ya hubiera comenzado a maullar. Podría ser también un perro callejero. No lo soportó más, la molesta respiración no daba tregua. Intentó mirar el espacio entreabierto de la puerta. Debía caminar y abrirla.

Se levantó de la cama y comenzó a avanzar con paso lento. Mientras más cerca, la respiración tras la puerta era más rápida y desesperada. Tocó el pomo, tragó saliva, sintió no poder moverse. No era momento para detenerse, era eso o no dormir por toda la noche. Abrió y al ver lo que escondía el closet soltó un grito:

— ¡Padre! ¿Pero qué hace?—.

De inmediato, el hombre subió sus pantalones y con la misma mano le cerró la boca, le pidió el favor de callarse.

 

Escrito por Andrés Arroyave

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