Tres historias y una moraleja

Tres historias y una moraleja

Paulo VI

En 1968, cuando el Papa Paulo VI se aprestaba a viajar a Bogotá, les anunció a sus futuros anfitriones que visitaría un barrio pobre. En un telegrama escueto les ordenó a sus súbditos de la iglesia católica en Colombia, escoger el lugar más paupérrimo de la ciudad para oficiar una misa campal.

salcedoLa intención del Papa fue publicada en un periódico de circulación nacional. Entonces,  en muchas zonas deprimidas de Bogotá se desató una campaña encaminada a demostrar la miseria suficiente para garantizar el honor de la visita papal. Los líderes de un área de invasión que se había formado hacía pocos años, bautizaron su barrio con el nombre de Venecia, porque creían que el sumo pontífice era natural de esa ciudad italiana (en realidad, nació cerca de Brescia). Fue un gesto oportunista pero ingenuo, encaminado a seducir al ilustre visitante.
De cualquier manera, el barrio Venecia resultó favorecido. En vísperas del viaje, el Papa les solicitó a sus acólitos en Bogotá que eligieran a dos familias pobres, para visitarlas. Los escogidos fueron los Pinzón y los Liévano.

En el sector la vida cambió notablemente después de aquel acontecimiento. Las casas de los Pinzón y de los Liévano eran asaltadas frecuentemente por hordas de peregrinos, que escarbaban la arena de las terrazas y la echaban en costales, con el argumento de que esa tierra santa era de Dios y, por tanto, de toda la Humanidad. Cuando alguien de cualquiera de las dos familias estrenaba ropa, no faltaba el que decía, maliciosamente: “míralos: se están gastando la plata que les dejó el Papa”.

La presencia de Paulo VI en Venecia propició el surgimiento de un paganismo que se prolongó durante varios años.

Kennedy

Argenil Plazas García, un campesino nacido en 1917, llegó a Bogotá a finales de los años 50. Venía huyendo de su pueblo natal, ubicado en la provincia del Tolima, donde había sido víctima de cinco atentados terroristas. En Bogotá, como desplazado, durmió bajo los puentes y aguantó hambre. En 1961 tuvo una fama efímera, gracias a que, por azar, fue seleccionado como el propietario de la primera casa de la Urbanización Kennedy. Las llaves del inmueble le fueron entregadas por los presidentes John F. Kennedy, de Estados Unidos, y Alberto Lleras, de Colombia.
En 1963 fue invitado a la Casa Blanca, como beneficiario del programa Alianza Para el Progreso. La prensa colombiana le dio entonces un tratamiento de héroe: lo acompañó, paso a paso, en el viaje; lo consultó sobre lo divino y lo humano (y el pobre hombre ni siquiera sabía leer), lo convirtió en noticia diaria de primera página. Poco meses después de aquel periplo de comedia, John F. Kennedy sería asesinado en una calle de Dallas. El azar puso a Plazas en una situación que él no eligió. Y que, ciertamente, le cambió la vida tanto a él como a sus 16 hijos, ya que desde entonces tuvo techo propio y además ingresó en los anales del Congreso de Estados Unidos. Todavía hoy, a los 90 años, Argenil Plazas es asediado por los periodistas cada vez que se cumple un nuevo aniversario del magnicidio de Kennedy.

Clinton

En 2001, cuando el presidente estadounidense Bill Clinton vino por primera vez a Colombia, tenía entre sus propósitos inaugurar una vivienda fiscal en el Barrio Chiquinquirá, de Cartagena. Al lado de donde estaría el imponente palacio de justicia, se encontraba una casucha miserable habitada por  Antonia Sarmiento, ama de casa de 85 años.

A nuestro gobierno jamás le había interesado la suerte de la señora Sarmiento, pero esa vez consideró vergonzoso que el presidente Clinton fuera a ver tamaño cuchitril. Así que en un tiempo récord de tres días demolió la casucha y le construyó a la anciana, con materiales prefabricados, una casa digna.

Antonia Sarmiento asistió al evento oficial, pese a que nadie la invitó. Comió torta y bailó cumbia, y no le dio las gracias al presidente de Colombia, Andrés Pastrana, sino a Bill Clinton.

Tres historias distintas y un solo país verdadero. Un país habitado por perdedores que a ratos viven su drama como si fuera una comedia. Un país de anfitriones que, para guardar las apariencias, se preocupan más por sugestionar al visitante que por sanear verdaderamente la casa. Tres historias breves que, en el ropaje del folclor, esconden la misma injusticia de siempre.

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