Tu mano amiga

Tu mano amiga

Fotografía: Julián David Goyeneche

Recuerdo que el tipo sentado a mi lado se estaba haciendo la paja. Creo que él sabía que yo sabía lo que él estaba haciendo, pero lejos de desmotivarse, parecía con mayores motivos para seguir mirando la pantalla, vibrar como loco y sudar como un mico.

Por esa época, yo frecuentaba salas de internet del barrio, lo cual me desagradaba porque no faltaba la banda de pirobos que llegaba y pedía cuatro computadores y ponían reggaetón a todo volumen y uno tratando de concentrarse ¡Una cosa de locos! O la señora que no sabe nada de cosas modernas y necesita enviar un correo a un tal yahoo, y de paso le ve la cara de huevón a uno, y se va la hora tratando de explicarle que no es necesario colocar las tres w’s. Los que huelen a chivo, los que se traumatizaron con Padres e Hijos y hablan mientras escriben y cosas así, cuando lo que se busca es serenidad para poder enviarle el correo aquel, al profesor tal y bueno. 

Pero el tipo de ese día, gordito él, empezó actuar de forma extraña, como jadeando. Yo pensé al principio que tiritaba. Lo empecé a observar de reojo, todo el cubículo vibraba por un instante en el que el jadeo se volvía más sonoro, más inevitable, y después se quedaba quieto y escribía algo. Pensé, se está haciendo la paja, se está jalando la tripa, como dice mi tía.

Masturbarse en sí, es muy sano para la identidad sexual del adolescente. Lo ayuda a experimentar su cuerpo, a preparase para la experiencia real, y explorar alternativas de placer. En una sociedad donde la doble moral, la mojigatería y la ignorancia son un factor reiterativo en las personas, no es de extrañar que este acto sea estigmatizado y reprimido, que según mi tía son cosas del diablo, “el que niega manuela niega la madre”, y que “no hay nada como una mano amiga”.

Pero hablemos del pajero. Qué bien lo de la identidad, pero aun así ese acto se efectúa en privado. De no ser así, nos encontramos ante un voyerista, un panguano o un troll. A los voyeurs, también los excita el peligro de ser descubiertos, el ser pillados cometiendo su peculiar acto de…asquerosidad (¡mojigato!).

Si no me equivoco, el pajero sostenía un encuentro erótico por Messenger, a veces levantaba la vista y me veía, y yo trataba hacerle cara de maldita sea, pero el tipo lo más de fresco al parecer se emocionaba más. Yo no sabía que podía despertar ese tipo de pasiones en alguien, pero calma, no es para tanto.

Lo que más deseaba yo era que el dueño lo sacara a patadas, con insultos por añadido. Pero al parecer nadie más notaba que este tipo estaba vibrando y jadeando como animal, por lo tanto, qué esperaban, ¿Qué me parara y dijera: hey, este huevón se está pajeando aquí? La verdad no soy dado a los pleitos, y suelo alejarme de los lugares donde reparten chumbimba (Acción y efecto de matar a alguien, preferiblemente a bala). Por lo tanto, sólo restaba esperar a que culminara. Ya saben cómo culmina el asunto, así que lo que me restaba era rezar para que por lo menos tuviese puntería y no fuera terminar yo con un regalo en la cara.

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