Un negocio made in Colombia

Un negocio made in Colombia

La imagen, absolutamente natural para los colombianos, suele asombrar a los extranjeros que nos visitan: muchas de las esquinas de nuestras ciudades y pueblos están tomadas por hombres y mujeres de a pie, quienes, a sol y sombra, venden un servicio más bien insólito: minutos de telefonía celular al menudeo.

Para atraer a una mayor clientela, los curiosos comerciantes se han ido convirtiendo poco a poco en auténticas vallas humanas. Algunos tienen amarrados al cuello, como collares, pedazos de cartón que les llegan al pecho, en los cuales están escritas las tarifas. Otros portan chalecos que llevan impresos los valores del minuto, de acuerdo con cada destinatario. Como si lo anterior no fuera suficiente, casi todos, cuando ven a los peatones, pregonan en voz alta los servicios que ofrecen. “¡ Llamadas, llamadas, llamadas !” , repiten una y otra vez.

Las herramientas de esta legión de mercachifles son más pintorescas que abundantes: un ramillete de teléfonos móviles en cada mano; una cartera canguro en la cintura —para guardar los billetes— y un tarro de aluminio para echar las monedas. Muchos de ellos han diversificado sus operaciones en el típico estilo caótico de nuestra economía callejera: venden también bolsas de agua potable, golosinas, café negro en vasitos desechables y hasta videojuegos. Es lo que se conoce con el nombre de “rebusque”, una palabra que no figura en el diccionario pero cuyo significado es conocido de sobra por todos los colombianos: “ingeniarse para obtener el sustento “, “inventar una oportunidad donde parece improbable “, “ganarse el pan con oficios menores “, o “sobrevivir con menos de lo justo al naufragio de cada día “. Algunos analistas consideran que cuando el gobierno reporta un desempleo de apenas el 12 por ciento, es porque está incluyendo en sus cuentas a los nueve millones de trabajadores informales que tiene el país. Hace poco, la revista Semana Dinero estimó que estos negocios generan el 39 por ciento de nuestro Producto Interno Bruto.

En materia de “rebusque” los colombianos estamos curados de espantos porque ya lo hemos visto todo: alquiler de lavadoras eléctricas a domicilio; hombres que, cuando llueve, cargan en hombros a los peatones para ayudarlos a atravesar un arroyo; venta de paraguas revueltos con empanadas y frutas. Un vendedor ambulante defiende su espacio con la fuerza de un león y la sagacidad de un lince. Es un tipo que te puede ofrecer una camiseta firmada por Ronaldo (sin necesidad de que Ronaldo la firme, por supuesto) y que además es capaz de exhibir el DVD pirata de la película de moda, aun cuando todavía no haya sido estrenada oficialmente. “Nosotros —bromea Martín Solano, comerciante de la carrera quince, en Bogotá— aprovechamos hasta lo que no existe. Si alguien quiere El Padrino I pero no protagonizada por Marlon Brando sino por George Clooney, se la conseguimos “. Reynaldo Rodríguez, quien comercia aguacates en el centro de la capital, también usa un gracejo para referirse a la situación: “aquí se vende de todo, hasta una loca embarazada “.

De modo que quienes venden minutos de telefonía celular por las calles podrán ser una rareza de feria para los extranjeros, pero no para los nativos, que los han visto multiplicarse como el arroz en los andenes y semáforos. Ciertamente, a estas alturas son ya parte del paisaje. Y, sin embargo, la mayoría de los colombianos ignora cómo funciona el negocio.

En Colombia, un país que según el último censo tiene 44 millones de habitantes, existen tres empresas operadoras de telefonía móvil: Tigo, Movistar y Comcel. Entre las tres totalizan unos 30 millones de suscriptores. Aunque durante los últimos cinco años la avalancha de compradores ha desbordado todos los cálculos, lo cierto es que el 67 por ciento de los usuarios está afiliado al servicio en calidad de prepago, es decir, utiliza los aparatos, básicamente, para recibir llamadas. Para efectuarlas, deben recargar las líneas con tarjetas de diferentes valores. Si no lo hacen, de todos modos cuentan con teléfonos, ¡ y sin la obligación de pagar una factura mensual, como en el viejo sistema de telefonía fija ! Esa es la razón por la cual, en los estratos populares, la gente ha cancelado las líneas tradicionales y ahora sólo usa los celulares.

En promedio, los colombianos rasos que adquieren el teléfono celular en calidad de postpago, disponen de entre 150 y 200 minutos mensuales. El precio de cada minuto, que incluye el Impuesto al Valor Agregado, es de aproximadamente mil pesos (un poco menos de 50 centavos de dólar). Sale más barato, entonces, acudir a los vendedores callejeros, quienes venden el minuto a precios que oscilan entre los $200 y los $300. ¿Por qué los comerciantes informales manejan tarifas más bajas que las propias empresas operadoras? Porque obtienen planes masivos, destinados a las grandes industrias, los cuales disponen de cupos de hasta 4.000 minutos mensuales. El volumen de compra les permite abaratar los costos y por eso se dan el lujo de revender los minutos en los espacios públicos, a precios asequibles para la gente pobre, que no está en capacidad de adquirir planes tan altos.

De modo que la situación en Colombia es bastante particular: casi todo el mundo tiene un teléfono móvil para recibir las llamadas, pero cuando se trata de hacerlas, se prefiere al “rebuscador” de la calle, que comercia los minutos a precios favorables, ya que compra grandes cantidades a las empresas operadoras.

La venta callejera de minutos de telefonía móvil fue ilegal desde sus orígenes, en 1995, hasta septiembre de 2006. Durante ese lapso, la Policía realizaba operativos diarios para combatir lo que, según la ley, constituía un delito. Los vendedores eran retenidos y sus teléfonos celulares, decomisados. Varios de los afectados interpusieron acciones judiciales, invocando el derecho al trabajo. Sus reclamos fueron acogidos por la Comisión Sexta del Senado de la República , que después de muchos debates aprobó esta modalidad de comercio, con el argumento de que el Estado no tiene otras alternativas para las 500 mil personas que a lo largo del territorio nacional se dedican a esta actividad.

Pese a contar ahora con el aval del Congreso, los revendedores ambulantes de minutos de telefonía móvil generan rechazo en varios sectores de la sociedad. En especial, por la invasión desmedida del espacio público. El argumento es que el bien común debe prevalecer sobre los intereses individuales. Además, se alega que este negocio, aunque aparentemente esté en manos de gente de escasas oportunidades, es manejado por poderosas mafias que se mantienen en la clandestinidad y que cada día libran violentas batallas por el control de los lugares donde funcionan los puntos de venta. En principio, las empresas operadoras también se opusieron a los vendedores, pero terminaron aceptándolos, pues, al fin y al cabo, los necesitan para aumentar su número de consumidores.

En un país tradicionalmente pobre y excluyente como Colombia, con altos niveles de corrupción gubernamental, resulta difícil erradicar esta práctica, no sólo porque ciertamente faltan oportunidades de trabajo, sino porque, además, se trata de un asunto arraigado en la cultura de la gente. “El colombiano de a pie “, señala el sociólogo Guillermo Mejía, “tiende a montar un bazar donde quiera que ve un metro de tierra desocupado “. He allí —advierten los expertos— un rasgo distintivo del subdesarrollo.

A menudo, esa deformación cultural, más allá de sus implicaciones económicas, tuerce la manera de mirar las cosas. En las esquinas y semáforos de las ciudades colombianas, por ejemplo, se venden, a precio de huevo, ediciones piratas de los libros de moda. En los últimos años ha hecho carrera la frase según la cual un libro que no haya sido pirateado, es porque no ha tenido éxito. Hace poco, a propósito del Congreso Internacional de la Lengua Española , que se llevó a cabo en nuestro país, salió al mercado, en medio de una aplastante maquinaria de promoción, la edición conmemorativa de Cien años de soledad, la obra cumbre de Gabriel García Márquez. Pese a que cada ejemplar es barato (unos 7.5 dólares), los malandrines decidieron falsificarlo y mercadear las copias adulteradas en los andenes, por unos tres dólares. Aunque estos libros piratas son de una calidad tan lamentable que casi se deshojan al mirarlos, han tenido abundante demanda.

A cinco horas de Bogotá queda un pueblo llamado Monguí, donde sus habitantes —casi todos campesinos analfabetas— se ganan la vida elaborando balones de fútbol a los cuales les colocan las marquillas de las principales empresas fabricantes de balones en el mundo: Umbro, Golty, Puma, Adidas y Nike, entre otras. Pese a la vigilancia policial y a las demandas judiciales de las multinacionales afectadas, no ha sido posible desterrar semejante tipo de fraude.

De modo que la venta callejera de minutos de teléfonos celulares es apenas un capítulo más en esta vieja historia que desafía, por igual, a los estudiosos de la economía y a los cronistas de sucesos insólitos. No exageran quienes piensan que si Neil Armstrong volviera hoy a la Luna , no la encontraría despoblada como en julio de 1969, sino con varios mercachifles colombianos que tratarían de venderle un pocillo de café negro, o una llamada telefónica al Planeta Tierra.

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